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Cortes de refilón

abril 2, 2007

Antes de 1789, Francia sólo cortaba las cabezas aristócratas. A la plebe condenada le era reservado el ahorcamiento. Con la Revolución llegó la igualdad, así que, juiciosamente, se decidió que fuesen todas las cabezas, independientemente de su estatus social, las que tuviesen el honor de ser desprendidas del resto del cuerpo, siempre que la autoridad legítima lo reclamase. Esta propuesta fue elevada a la Asamblea Nacional por Joseph Guillotin. Sin embargo, tan democrática situación exigía un método más eficaz que la espada, y el honor del diseño del instrumento a la altura de los tiempos recayó en el médico Antoine Louis. Este hombre, que había leído un juramento hipocrático con erratas, creó la Louisette hacia 1792. Artefacto que se convertiría en el juguete favorito de los magos de todo el mundo y el principal desencadenante de sudoración en las axilas de sus rubias y contorneadas azafatas. La afilada cuchilla se dirigiría con determinación newtoniana hacia la parte posterior de la peluca. Todo muy ilustrado. Tan irreal mantis religiosa pasó a decapitar a hombres y mujeres de toda condición, si bien prestando una especial dedicación a las cabezas reales y religiosas. A medida que la enorme cuchilla se saciaba de sangre seccionando cientos de cuellos, hay informes policiales que relatan el deseo del pueblo de que al menos se corten 50 cabezas al día, el populacho cantaba dulces canciones que maliciosamente la relacionaban con el señor Guillotin. Así se produjo en aquella Francia de la libertad la tarantinesca experiencia del desprendimiento orgánico al son de acordes populares. Se constituyó una eficaz cadena de des-montaje que funcionaba con ritmo inexorable y demostraba la misma compasión que la musiquilla que nos recibe en un avión. Esto hizo que el invento de Louis pasase a conocerse con el nombre de guillotina. Ante esto, y poco tiempo después, Louis perdió la cabeza. Ya sabes lo que dicen, si quieres que una cosa se haga bien, hazla tu mismo, y supongo que Louis decidió ocuparse personalmente de dar los últimos retoques a su creación. Guillotin parecía dispuesto a seguir tan igualitario camino y así terminar, definitivamente, con sus elevados gastos en peluquería, pues también él despertó las atenciones de Robespierre. Mas lo cierto es que salvó el pellejo. Después de tan turbadora experiencia, el empeño principal de monsieur Guillotin fue tratar de impedir que el aparato de muerte llevase su nombre. Se dice que este hombre vino al mundo después de que a su madre se le adelantase el parto como consecuencia de escuchar los gritos de un condenado en las proximidades. Así, fue el mismo verdugo quien sirvió de comadrona improvisada. Nacido con el estigma de la sensibilidad por el atormentado, luchó incansablemente porque la guillotina dejase de llamarse así. Sus herederos persistieron en su lucha, pero no consiguieron otra cosa que el cambio de apellido. Y es que no hay cuchilla suficientemente afilada como para ser capaz de separar el lenguaje de su uso por la gente.

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