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El sueño de Pitágoras o la pesadilla de Morfeo

abril 9, 2007

Si Pitágoras tuviese la oportunidad de asomarse por la ventanilla de su máquina del tiempo mientras transitaba por las cercanías, habría realizado su mayor pesadilla y su mayor deseo. Habría presenciado escandalizado a las multitudes disfrutando de una fabada asturiana, o la apología, exhibida en todo Western que se precie, del consumo de alubias enlatadas al calor de una hoguera. Pero también habría celebrado la aparente confirmación de su intuición fundamental: la constitución matemática de la realidad, la pesadilla de unos y ceros de Morfeo y su compañía de estiloso vestir. Los físicos carecen todavía de una teoría fundamental que explique tanto el ámbito de lo muy pequeño como de lo muy grande. Disponen de la mecánica cuántica, para dar cuenta del primero, y de la teoría general de la relatividad, que describe el universo a escala cosmológica. Ambas teorías tienen un grado de exactitud extraordinario a la hora de dar cuenta de las observaciones y resultados experimentales. Por ejemplo, dentro de su correspondiente dominio, la mecánica cuántica tiene un grado de predicción todavía mayor que la mecánica newtoniana, mientras que la teoría general de la relatividad es la teoría física más exacta que se conoce. Sin embargo, las dos han de permanecer fieles a sus respectivos ámbitos o resultarían incompatibles. Esto ha llevado a pensar a la mayoría de los físicos que una teoría más fundamental, algún tipo de explicación cuántica de la gravedad, está todavía por descubrir. En los últimos años han surgido desarrollos teóricos, que implican a espacios multidimensionales, y que muchos consideran prometedores en este sentido. Es el caso de la teoría de supercuerdas, según la cual los componentes fundamentales de la materia no serían partículas puntuales sino filamentos unidimensionales de un tamaño medio de 10-33cm y que son capaces de soportar una tensión de mil billones de billones de billones de toneladas. Las distintas partículas elementales, y la totalidad del modelo estándar, resultarían de los patrones de vibración de la cuerda. El universo sería así una colosal sinfonía, una infinidad de energías en concierto donde cada nota es una fórmula matemática. Como Neo y Pitágoras creyeron descubrir, los físicos nos recuerdan que todo lo real, incluidos nosotros mismos, somos en último término un puñado de números. Albert Einstein construyó la teoría física más exacta conocida, pero básicamente lo hizo al margen de las observaciones. Es decir, no fue motivada por la necesidad de explicar el resultado de experimentos u observaciones previas. La teoría surgió con una motivación puramente estética, porque era matemáticamente más elegante que lo que había con anterioridad. Fue posteriormente que las observaciones confirmaron su enorme poder explicativo y con ello se puso de manifiesto la estructura matemática de la naturaleza; la inquietante conclusión de que, realmente, los números están ahí afuera.

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