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El caso Kammerer

abril 17, 2007

Paul Kammerer se suicidó un día de septiembre de 1926. Aunque diestro, decidió acabar con su vida dándose un disparo en la sien izquierda. Su intención no fue ocultar su decisión, pues en varias cartas explicaba sus motivos, sino la de proporcionar un comienzo original a las reseñas impertinentes. Amaba a las lagartijas, su hija se llamaba Lacerta, las salamandras y los sapos parteros, y lo hacía casi con tanta pasión como demostraba con las mujeres. Se casó con una baronesa y tuvo muchas amantes entre las que se incluyen Alma Mahler, la viuda del compositor. Las malas lenguas dicen que Alma, que sentía fascinación por las mantis religiosas, como es sabido insectos cuyas hembras decapitan al macho durante la cópula, era una mujer fatal de notable atractivo en aquella romántica Viena. Entre sus conquistas se incluyen también las cinco hermanas Wiesenthal, mas habiendo empezado por cortejar a la mayor de ellas, ignoro si abordó la ardua tarea dentro de un orden. Pero lo que más deseaba en el mundo era ser catedrático de universidad. Sin embargo, la muerte le sobrevino por el lado siniestro poco tiempo después de serle ofrecida una cátedra en la Universidad de Moscú. Aunque se me ocurren mejores destinos, y me refiero al enclave geográfico, esta noticia no fue el desencadenante del trágico desenlace. El motivo hay que buscarlo en los sapos, concretamente en unas estructuras que muchas especies desarrollan en las patas durante la época de apareamiento para asir con fuerza a la hembra en la cópula (¡y dale! parece que esta noche estoy monotemático). Bueno, el caso es que los sapos parteros carecen de estas “almohadillas” debido a que se aparean en tierra. Kammerer sostuvo haber demostrado el lamarkismo al afirmar que sus ejemplares, que habían sido forzados a reproducirse en el agua durante varias generaciones, desarrollaron esos oscuros engrosamientos. Después de impartir conferencias por Europa y Estados Unidos, un maleducado investigador americano demostró que el único ejemplar a la sazón disponible de los participantes en el experimento carecía de “almohadillas” y, lo que sin duda es algo embarazoso, se le había inyectado tinta china en su lugar. Quizás el animal se había sacado el DNI recientemente, pero no parece probable. No se sabe si fue el propio Kammerer quién cometió el fraude. Se habló de un enemigo, de un amigo no muy listo, e incluso cabe dentro de lo posible que hubiese conseguido que los sapos manifestasen un atavismo, algo explicable dentro del paradigma darwiniano. En cualquier caso, aquella tinta se vertió rápidamente hasta oscurecer por completo la esperanza de Paul.

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5 comentarios
  1. La grandeza de la ciencia es que puede ser reproducible y protocolizada, los engaños (de producirse, que lo hacen) no suelen durar mucho tiempo. Como caso reciente el del investigador coreano Woo Suk Hwang y no será el último.

  2. juanjo permalink

    El caso es que el apasionamiento por algo puede producir incluso negación ética, a lo que todos estamos inducidos. Ejecutarla ó no, es la cuestión

  3. luciernagas permalink

    Supongo que así es, juanjo, pero quien incurre en un fraude científico no es un apasionado de la ciencia, pues este solo puede ser un apasionado de la verdad. Aunque se haga con pasión, si es a costa de la propia dignidad, será más digno de compasión que de otra cosa.

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