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Declaración de intenciones

abril 19, 2007

Saco a colación una intervención puntual en un interesante diálogo con zentolos (ahora me doy cuenta de que fue más bien el monólogo de un chiflado, pero bueno, lo dejo estar). Tengo la convicción de que algo así no se repetirá, pero en aquel momento surgió con espontaneidad, y no sin cierta clarividencia, lo que me parece toda una declaración de intenciones de las luciérnagas, y es que se produjo tiempo antes de su alumbramiento. Por ese motivo lo recupero aquí. Esencialmente, hallarás en estas líneas el leitmotiv de la verdosa virtualidad de la que has escogido rodearte por breves instantes, por lo que entiendo es honrado rescatarlo con toda la virulencia con que entonces surgió. Por otro lado, este ejercicio me permitirá regresar al corazón de los Lampiridae cuando corra el riesgo de olvidarlo. Con el permiso de los zentolos que abrieron la caja, así fue cómo ocurrió, mas albergo la esperanza de que la pasión que quiere transmitir el lenguaje no se confunda con el dogmatismo que combate:

Hay mezquindad en los científicos que anteponen su vanidad o el beneficio material, a la responsabilidad que tienen con el resto de la sociedad de comunicar sus hallazgos y, lo que es más importante, la fascinación por las preguntas. Como daño colateral, el nicho abierto fue rápidamente ocupado por parásitos que pretenden absorber la savia de la curiosidad humana, pero que en su lugar se hinchan con líquido cefalorraquídeo. No agotan la curiosidad sino el pensar. Permitíos aplastad esos obesos pulgones turgentes de pus. Quebrad esas patas de artrópodo que se atreven a manipularos y que brotan tan rápidamente como se debilita vuestro espíritu crítico. La masa, ebria de ignorancia, clama justicia y los despreciables lo aprovechan erigiéndose sobre ella al tiempo que ofrecen las cabezas de inocentes. Desde un rincón de la plaza, testigo del sacrificio, gritaré con toda mi fuerza que somos ignorantes, eso es lo que somos, pero que ansiamos la verdad. Iniciad el caminar hacia delante sin otro afán que el comprender la belleza del arco iris. Valientes caminando por una senda misteriosa, sin apenas certidumbres, eso es lo que somos. ¿No lo veis? Nos libera la misma tensión que nos vuelve infelices, pues al huir de la hipnótica mirada de invertebrados que escupen las cadenas que nos afligen vemos el rostro de la inmensidad y ella el nuestro. Sostened esa mirada a pesar del vértigo del abismo. Entonces bastará un segundo para sentir peligros escalofriantes que parecen acechar en una noche de luna nueva. No os importe, manteneos firmes, pues sois mucho más grandes que esos áfidos ordeñados por hormigas. Frágiles, cansados y desnudos, pero libres, observamos desde las cunetas en las que nos refugiamos ojos refulgentes en la oscuridad, que imaginamos malignos, pero que podrían no ser más que insectos brillando sobre satén negro. Sustituir nuestros axones con largas falacias surgidas del fango es lo que nos ofrecen desde el cadalso. ¿Será nuestra libertad el precio de la felicidad? Os digo que, aunque fuese el último de los niños, gritaría a los cuatro vientos mi ignorancia, y a estos reclamaría mi tiempo para averiguar por qué brillan las luciérnagas.

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