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Escalofrío

abril 19, 2007

Circulando por autopista hacia la ciudad de Portland en el estado de Oregon disminuí la velocidad obligado por el tráfico. Desvié la mirada hacia el coche que tenía a la izquierda, uno de esos larguísimos de los 70. Habría asegurado que el pequeño orificio que tenía la puerta del conductor fue causado por una bala. Levanté la vista hacia el conductor esperando encontrar un rostro temible mirándome con hostilidad, pero al volante estaba Miss Dasy, una anciana de pelo rizado de color gris y aspecto afable, que no parecía percatarse de mi sorpresa. Más adelante observé una camioneta con un rifle monstruoso claramente visible en la ventanilla. Entonces lo recordé. La legislación de Oregon permite disponer de armas de fuego, llevarlas permanentemente contigo y transportarlas también. Uno puede llevar armas en el coche, pero entonces debes exhibirlas, como en el viejo Oeste, de otra forma faltas a la ley. Es incluso posible la acumulación de armas de fuego. Por ejemplo, en el estado de Virginia, donde se ha producido la tragedia de Blacksburg, uno puede comprar un fusil de asalto al mes. Si lo haces cada 15 días faltas a la ley. Recuerdo que mis primeras visitas a una librería de la pequeña ciudad de Corvallis, de nuevo en Oregon, siempre iban acompañadas de cierta agitación interior al observar la ingente cantidad de revistas de armamento de todo tipo, incluso hay revistas populares especializadas en bazookas y otras armas anti-tanque, justo delante de las butacas en las que la gente se sentaba para leer de manera relajada tomándose un café. A veces nos acompañaba un pequeño grupo de música clásica de tal forma que apreciabas aquel paisaje con una sensibilidad especial. Una vez en Portland, cogí una especie de tren que me llevaría al centro. En un momento dado entraron en el vagón tres policías fuertemente armados. Dos situados en los extremos dispuestos a desenfundar si fuese necesario, el tercero, la mujer de aspecto cabreado, se dedicó a pedirnos los tickets. El chico en frente de mí no llevaba el suyo. La mujer le pidió el carnet de conducir (en ese país lo precisas, aunque no sepas conducir y necesites ir en tren a todas partes) y contactó por radio con algunos compañeros para averiguar si el joven tenía antecedentes penales. Finalmente, aquellos policías aterrorizados se llevaron al chico, que faltó a la ley porque no sacó el ticket en la estación, que costaba casi un dólar, aunque podría haber llevado pistola. Tengo una amiga que una vez participó en un programa de intercambio de estudiantes americanos con Japón. Su “hermano japonés”, como ella le llamaba, viajó a New Orleans al año siguiente. En una ocasión este adolescente salió por la noche con unos amigos, pero a la vuelta se confundió de casa. Vivía en una zona residencial donde todas las casas parecen iguales. Era tarde y se confundió. Podía haberle ocurrido a cualquiera. Trató de abrir con su llave la vivienda del vecino, que en ese momento salió portando una escopeta y lo mató.

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2 comentarios
  1. Contado así, parece un cuento o una ficción novelada con tintes reales, pero sé de buena tinta, que lo que cuentas no es ficción, es real como la vida misma y la muerte que relatas del “hermano” japonés es absolutamente demencial.

  2. luciernagas permalink

    Sí, aunque parezca absurdo es real. Resulta inconcebible que el debate sobre las armas en la calle prácticamente no exista en la sociedad americana. Tengo amigos americanos que lo ven tan escandaloso como puede percibirse desde Europa, pero no es lo habitual. La sensación general es que ha de prevalecer el derecho a la autodefensa. Hay incluso quienes piensan que si todo el mundo tuviese un arma no habría violencia. He aquí la cuadratura del círculo.

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