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Esto me recuerda a algo

abril 26, 2007

A veces uno tiene la impresión de participar en el show de Truman, de estar inmerso en el eterno retorno de Nietzsche, o siente con absoluta certidumbre las palabras del Eclesiatés recordándonos que nada hay nuevo bajo el sol. Parece que a las máquinas creadoras de Matrix se le han agotado las ideas, pues esta película ya la he visto; que Calderón de la Barca estaba en lo cierto, mas el sueño se me antoja recurrente; y que mis últimas palabras serían deja vù, si supiera francés. El otro día pensé en Mircea Eliade, que, dicho sea de paso, escribió un libro que lleva por título “El mito del eterno retorno”, mientras leía sentado en un banco de un parque cercano a mi casa. Segundos después de abandonarme tan caprichoso pensamiento, se me cruzó un chiquillo que correteaba divertido por el campo. Lucía una camiseta amarilla con la leyenda Élide a la espalda. Días después comentaba esta casualidad a un amigo que me explicaba que así se llama una tienda de ropa deportiva sita en la ciudad en la que vivo. Mi espontáneo recuerdo del célebre historiador de las religiones fue, sin embargo, completamente injustificado, pues estaba leyendo una serie de premoniciones realizadas por Jules Verne en su novela “De la Tierra a la Luna”, escrita en 1865. En ella se narra el envío de un cohete a ese plateado pedrusco, causa de profundos aullidos, excesos capilares, y de muy mala hostia en algunos de nuestros vecinos. La nave, que se llama Columbiad, sale proyectada desde una localidad próxima a Cabo Cañaveral. Casualmente, el módulo del Apolo XI en el que viajaron los hombres que por vez primera pisaron la Luna se llamaba Columbia. A pesar de la proximidad entre la a y la d en un teclado qwerty, la existencia de una errata constituye una explicación poco plausible. Por consiguiente, no podemos sino acordar que Jules Verne cometió un fallo imperdonable. No obstante, el Columbiad tenía casi las mismas dimensiones que el Apolo VIII. A pesar de sus anticuadas medidas, viajó a una velocidad tan sólo ligeramente más rápido que el Apolo XI. Ambas naves emplearon unas 100 horas en alcanzar la Luna. Finalmente, la nave imaginada por Verne terminó cayendo en el Océano Pacífico, concretamente en un punto cuyas coordenadas se encuentran a tan sólo cuatro kilómetros del lugar donde amerizó el Apolo VIII. Las dos naves fueron rescatadas por la Marina Estadounidense. Nostradamus parece un aficionado al lado de este escritor francés cuyas obras anticiparon además el submarino, el helicóptero, el tanque, los satélites artificiales, los rascacielos, el cine sonoro, y el lanzallamas. Es cierto que metió la pata con “El viaje al centro de la Tierra”, pero no dejan de ser asombrosas lo que parecen verdaderas profecías. A quien no perdonamos es a Henry Levin, que a penas hizo sudar a James Mason. Un último apunte para terminar, no relacionado con Jules Verne, pero sí con la llegada del hombre a la luna en 1969 y la clarividencia en la literatura de ciencia-ficción. En 1954 el escritor Lester del Rey escribió una novela corta, que lleva por título “Misión a la Luna” y donde se dice lo siguiente: “La primera nave espacial aterrizó en la Luna y el comandante Armstrong salió de ella…” La nave se llamaba Apolón, ¿otra errata?

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2 comentarios
  1. Cuidado con las serendipias lunares (de Luna no de lunar), el himbestigador Iker Jimenez enseguida puede pasar por aquí y llevarte a su programa en directo como experto en insectos luminiscentes o como experto en lo que él considere oportuno.

  2. Sin duda los clásicos son clásicos por algo. Como bien dices, el amigo Verne, deja en el más absoluto ridículo a esos mercachifles del charlataneo (¿qué…?) cuyas predicciones no van más allá de saber el grado de ridículo que alcanzarán con su próxima intervención.
    Volviendo a lo serio, en este caso a Verne, me gustaría incluirlo en ese reducido grupo de autores que tan bien recrean ese tipo de historias que podríamos denominar retro-cienciaficción. Y es que parece mentira las estupendas obras de ciencia ficción que se pueden conseguir con tecnologías tan futuristas como un gramófono, un electroimán o unos binoculares simplemente con situar cronológicamente la acción en el momento y lugar adecuado. Como ejemplo claro de este tipo de literatura podríamos citar, ya que hablamos de Verne, su poco conocida obra El castillo de los Cárpatos (1892).
    Por cierto, una pega a De la Tierra a la Luna. Ciertas son muchas de las asombrosas predicciones que realiza en esta obra y que el tiempo se encargó de confirmar. Sin embargo, cometió un error grave en la elección del sistema de propulsión del vehículo espacial. Un gigantesco cañon era el encargado de disparar la nave y sus tripulantes hacia el satélite. Teniendo en cuanta que la velocidad de escape de la Tierra es de 11,2 Km/s me temo que la aceleración producida en el momento del disparo acabaría convirtiendo la nave y todo su contenido en algo muy desagradable. En fin, creo que ya se había ganado sobradamente el derecho a permitrse estas pequeñas licencias…

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