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Piénsalo un segundo

mayo 10, 2007

Quieres levantar un dedo y lo haces. El dedo se mueve porque has dado la orden. El cerebro envía entonces las señales correspondientes a la médula espinal, de donde viajarán para excitar a los músculos implicados en un gesto de lo más grosero. Acompañas al movimiento con una sonrisa, así como con la obligada referencia a la madre del cretino que no respetó tu prioridad en el cruce. En todo esto, dos retrasos parecen evidentes. No insistiré en los detalles descriptivos, suficientemente conocidos, de un conductor retrasado, sino en la existencia de un retraso lógico no intuitivo entre la actividad cerebral que desencadenará el simpático movimiento y su ejecución final. Los científicos han medido este desfase en algo más de medio segundo. Teniendo en cuenta la velocidad de los impulsos nerviosos, un acto reflejo tarda unos 200 milisegundos en ejecutarse. Sin embargo, un acto consciente suele tener un retraso de entre 500 y 800 milisegundos. La conciencia nos permite representar la realidad a partir de los datos sensoriales, pero esta representación está retrasada al menos medio segundo. Cada uno de nosotros no percibimos el retraso debido a que, sorprendentemente, el cerebro parece fechar medio segundo atrás la respuesta consciente, “eliminando” así el retraso y haciéndonos vivir la ilusión de que reaccionamos al tiempo que percibimos el estímulo. El cerebro nos engaña piadosamente. Esto es debido a que, en realidad, la conciencia implica una fracción muy pequeña de la actividad cerebral. Así por ejemplo, los ojos reciben una cantidad de información abrumadora, de aproximadamente un megabyte por segundo, pero, afortunadamente, sólo somos conscientes de una fracción minúscula del torrente de datos. De hecho, la mayoría del procesamiento de la información procedente de los sentidos es inconsciente, y ha de pasar el tiempo necesario para ser filtrada y luego registrada como consciente, de ahí el retraso temporal. Más tarde, tendrá lugar la decisión basada en esta información. Pienso que algunas supuestas premoniciones, casualidades sensacionales o fenómenos tales como la resolución de problemas nada más despertar de un sueño, podrían estar relacionadas con la manifestación de conclusiones elaboradas de manera inconsciente. Las empresas han visto un filón en aquellas evidencias experimentales y no faltan los ejemplos de publicidad subliminal que pretenden, y probablemente logran, condicionarnos a nivel inconsciente. Y es que la existencia de una ingente actividad inconsciente podría tener inquietantes consecuencias en nuestra concepción del libre albedrío. Algunos investigadores sospechan que nuestros actos no son desencadenados por la mente consciente, por lo que el libre albedrío no consistiría en la elección libre de una opción determinada, sino más bien en la inhibición de decisiones desencadenadas por actividad inconsciente, es decir, en elegir conscientemente no actuar. Sería algo así como un libre albedrío negativo. No se si de acuerdo con esto, me desconecto.

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2 comentarios
  1. Jocelyn permalink

    Precisamente cuando entramos en un estado de insconsciencia mientras dormimos, todo ese “torrente de datos” que no captamos conscientemente, lo liberamos al soñar.

  2. luciernagas permalink

    Sí, aunque no exclusivamente. No sólo creamos a partir de datos percibidos de manera inconsciente, también inventamos nuevas ficciones y damos rienda suelta a una realidad diferente, pues disminuye nuestra vigilancia.

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