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Cariño, termínate los transgénicos

mayo 22, 2007

Por desgracia, nadie puede decir algo así. Hay multitud de productos alimentarios alterados genéticamente, sobre todo maíz, soja y colza. Estos alimentos no están etiquetados como tales, es decir, el cliente no puede identificarlos. La única forma de evitarlos sería consumiendo exclusivamente productos que se han venido llamando ecológicos o biológicos, pero aún así, resulta muy difícil. Esto es debido a la falta de garantías en muchos casos o al hecho de que muchos alimentos envasados los contienen. Por ejemplo, en Estados Unidos el 70% de los alimentos procesados y la mayoría de la comida precocinada incluyen aceite de soja o sirope de maíz. Más de la mitad de los cultivos transgénicos de todo el mundo son utilizados para alimentar al ganado. Sin su identificación es muy difícil evitarlos, pero ¿por qué hacerlo? Comiendo un exquisito bacalao a la portuguesa, un científico al que admiro por su trabajo en genética de peces, me explicaba que la transferencia génica horizontal, esto es, la transmisión de genes de unas especies a otras es algo muy natural, pues ocurre con cierta frecuencia en la naturaleza, y forma parte de la historia evolutiva de la vida. Muchos virus, por ejemplo, se integran en el genoma y, en ocasiones, arrastran genes foráneos. En cuanto a la polémica causada por los alimentos transgénicos, ambos estábamos de acuerdo en que se favorezca la reflexión y el estudio riguroso en lugar del alarmismo ignorante, a veces interesado y, por tanto, manipulador. Lo cierto es que existen algunos estudios que merecen consideración y que sugieren que ciertos alimentos modificados genéticamente podrían ser perjudiciales para la salud. Particularmente, las investigaciones del profesor Arpád Pusztai, durante un tiempo desprestigiadas, y que, finalmente, se han publicado en la destacada revista The Lancet, demuestran que ratas que habían consumido patatas modificadas genéticamente para desarrollar un pesticida natural, tenían un sistema inmunitario afectado y muchas mostraban alteraciones en el desarrollo de varios órganos. Los efectos podían persistir hasta después de 110 días, el equivalente a unos 10 años en un ser humano. Lo más inquietante del caso es la conclusión de Pusztai de que los efectos perniciosos no fueron causados por la nueva sustancia generada por el material transgénico, sino por algo imprevisto que había ocurrido durante el proceso de ingeniería genética. Es sabido que la inserción de genes en el genoma puede tener efectos imprevisibles en la medida en que altere la expresión de otros genes situados en las proximidades del inserto. En cualquier caso, me parece indignante que, albergando dudas respecto a posibles riesgos de salud pública, por pequeñas que estas sean, por no hablar de daños ecológicos potenciales ya demostrados, tales productos estén en el mercado de manera generalizada y oculta. Encuentro malicioso que ni siquiera estén identificados, pues con ello se violan varios de nuestros derechos fundamentales, incluido el derecho a la información, en aras de salvaguardar los intereses económicos de un puñado de multinacionales. Esto sí es manipulación de la buena, si la hubiese.

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One Comment
  1. Bueno en realidad en Europa sí existe una legislación que obliga a los productos derivados de cosechas transgénicos a avisar con el lema “modificado genéticamente”, pero no a los derivados animales alimentados con piensos con transgénicos, es decir, no a productos como la leche, huevos, etc. Sin embargo, que exista legislación no implica que ésta se esté aplicando.
    Otro de las mentiras sobre los transgénicos es que pretenden acabar con el hambre en el mundo, cuando no conozco a ninguna multinacional cuya principal misión no sea enriquecerse a manos llenas. Sospecha de aquellos que para introducir un nuevo producto en el mercado prometan soluciones mágicas y fáciles para problemas de gran magnitud.

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