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El silencio de un hombre

junio 11, 2007

Fue como se tradujo en España el título de la más que interesante película de Jean-Pierre MelvilleLe samouraï”, protagonizada por Alain Delon, pero esto no es más que un comienzo caprichoso, pues es del silencio de otro hombre de nombre francés, Paul Adrien Maurice Dirac, de lo que quisiera tratar aquí. Decir que era un hombre de pocas palabras sería un eufemismo de risa, pues a la vista de memorias y reportajes diversos, ni siquiera el plural está suficientemente justificado. La brevedad de sus respuestas es legendaria y, junto con sus silencios, representaron el rasgo más ensordecedor de una de las personalidades más notables y más ausentes de carisma que ha dado la Física. El británico Paul Dirac fue considerado uno de los científicos teóricos de producción más elegante, a pesar de ser un lúgubre conversador. Padre de la electrodinámica cuántica (EQD), entre sus muchos logros cabe citar la predicción del espín del electrón o la del positrón, y, en general, de la antimateria. En 1933 compartió el premio Nobel de Física con Erwin Schrödinger. La EQD constituye una original combinación de la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, y está considerada la teoría científica más exacta, ya que llega a predecir resultados experimentales con una precisión de 1 entre 10.000 millones. Era tal la admiración que despertaba Dirac entre sus colegas, que el ganador del Nobel de 1959 Emilio Segrè dijo en una ocasión al ganador de 1938, Enrico Fermi, lo siguiente: “apostaría a que cambiarías el trabajo de toda tu vida por un artículo de Dirac”, a lo que Fermi respondió lacónicamente, tal y como habría hecho el propio Dirac, diciendo simplemente que sí. A decir verdad, el inglés habría enmudecido ya que, técnicamente no se trataba de una pregunta, luego no había nada que responder. Si tomásemos a pies juntillas la famosa sentencia que afirma que somos dueños de nuestros silencios pero esclavos de nuestras palabras, la libertad de Dirac no tendría parangón. El lenguaje de este enigmático samurai de la Física solía limitarse a cosas como “sí”, “no” y “no lo se”, y, aparentemente, sólo respondía a preguntas que estuviesen lógicamente bien planteadas. Aunque amable en su extrañeza, se dice que dialogar con él era muy difícil, pues llevaba hasta el extremo la eficiencia en conversación y con su afilada katana escindía las cabezas charlatanas con rudos monosílabos. Al joven físico Leopold Infeld no le advirtieron de estas dificultades, a su llegada a Cambridge. Sin embargo, durante su primer encuentro con Dirac rápidamente comprobó que sólo respondía a preguntas directas. Así, logró dos noes y una respuesta de cinco palabras a un problema técnico. Todo un record. Como dice en sus memorias, Infeld tardó dos días en digerir aquellas cinco palabras. De entre las respuestas más largas que dio Dirac en sus entrevistas, se encuentra una a la siguiente pregunta: “¿Cuándo va al cine?”, la cual consistió en lo siguiente: “en 1920… quizá también en 1930”. En la antítesis del espíritu que aquejaba a Dirac permítanme continuar con cine y terminar como he empezado, acoged pues este mi estúpido pareado, que Dirac, el callado, era el hombre que sabía demasiado.

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