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Regresando

julio 23, 2007

No fueron vacaciones sino obligación. En cierto modo castigo, por alejarme involuntariamente de esto que me gusta, pero, como el cambio rápido en la dirección del viento, me desperté de un sueño. Durante esta semana he vivido en Madrid. Y aunque puede decirse que soy un chicarrón del norte, he de admitir que mi fisiología luchaba retorciéndose con violencia por adaptarse a las nuevas condiciones ambientales, que me fueron impuestas en esa urbe de bellos edificios. Como denunciando mi tristeza por los tiempos de alrededor, la ropa la escogí negra cada uno de los cinco días. Hace años, aquellas camisetas blancas que lucía mi hermano en Madrid, impolutas al principio del día, regresaban al hotel como las almas cambiadas por el tacto cotidiano del sufrimiento de rostros callejeros. Luego mi adaptación quiso comenzar con el vestido, tal vez pretendiendo captar en la superficie de mi cuerpo toda la negrura semejante que le vaticinaba a la ciudad. Enjaulada en una compleja red de algodón tan oscuro como ella no alcanzaría mi pecho. Mis labios se hicieron más sensibles desde el principio, enrojecidos y secos a la vez, me dolían. Mi nariz trabajaba a destajo filtrando finísimas partículas de hollín hasta terminar dando la sangre al llegar la noche. Hace mucho tiempo que las gentes aprisionadas a diario entre asfalto y muros de piedra debieron haber petrificado sus mucosas. Ojalá hayan detenido ahí el gris endurecimiento tisular venido por contagio de todas partes. Con breves horizontes e infinitas entradas al Corte Inglés devorando transeúntes de piedra, más de una vez pensé en el gran sacrificio que hacen los niños por sus padres moviéndose en sillas de ruedas a una cuarta de las aceras repletas de gentes sin rostro. Observando multitud de piernas al frente moviéndose con ansiedad, y el cielo demasiado lejos. Miraba con avidez todo el tiempo dentro y fuera del Prado. A través de mis gafas, siempre sucias, observé los rostros enmarcados que me interrogaban a espaldas de Baco. De este gigante que fue Velázquez, también los animales respirando. Otro magnífico de Rembrandt, y un Goya inquietante, los cielos de Patinir, la oscura planitud de Ribera…¡Qué suerte tienes!, Madrid.

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