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El conocer promiscuo

agosto 2, 2007

Que todo fenómeno es efímero e ilusorio, que la realidad merece ser conocida con plenitud, sin intermediarios que nos distancien y sirvan de excusa. Que no hay cosas, sino existencia que las precede y sobre la que cristalizan y desaparecen espejismos, como los cabellos de un anciano. La estructura, y toda nuestra atención con la ciencia, la religión, el arte…, no serían más que artefactos; construcciones levantadas sobre aquellos imaginarios que fueron interpuestos ante el vértigo de la existencia, que es una y la misma. Que sólo hay una realidad subyacente a todo, que las diferencias se diluyen en una inmensidad oceánica a nuestra voluntad, una vez identificados los apegos, una vez reconocidos tantos impedimentos a la entrega, tanta resistencia por mantener una identidad que se reclama esencial. Que no hay partes en el todo sino la conciencia que lo es todo. Entonces, la acuosa verdad del muñeco de nieve que no fluye, no se conoce sino es con la propia desintegración, y nada de lo que se diga al respecto tendrá sentido alguno. Este es el dogma del sake, pero si lo que apetece es whisky desplazaremos nuestra fe a una realidad objetiva. En ambos casos, la realidad podría ser más compleja de lo que podamos imaginar. Incluso aquella comprensión intuitiva encontraría obstáculos, pues una insuperable complejidad podría radicar en la extrema sencillez de todo. En palabras de Goethe: “todo es más sencillo de lo que se puede pensar y a la vez más complicado de lo que se puede comprender”. Aunque os pueda parecer borracho, palabrita que no me he permitido más de un trago de este licor de vaqueros del oeste. Que el arte, la religión, el mito…podrían revelarnos aspectos profundos de la realidad no es algo que pueda ni quiera negar. Sin embargo, visto el mundo desde este prisma alcoholizado, afirmo que, aunque limitada por las posibilidades del observador, pues todo lo ve doble, y conformada por el mismo proceso de observación, la intervención racional muestra aspectos de la verdad. Los extirpa a golpes, con brutalidad, y luego las piezas no siempre encajan en la composición, pero las astillas que saltan por los aires, el olor a madera, no son aspectos desdeñables por faltar a la verdad, son parte de ella. Picasso dijo una vez que “el arte es una mentira que nos ayuda a comprender la verdad”. En cierto modo, lo mismo podría decirse de la ciencia, que se acerca a la verdad de manera asintótica. Os lo ruego, permitidme ser infiel a la razón y cortejar a la intuición cuando me venga en gana, y dejarlas preñadas a ambas, si puedo, y que sean mis hijos quienes me expliquen de dónde vengo.

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