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Pequeño elogio del mito

agosto 20, 2007

Existe el riesgo de atribuir a una teoría científica un mensaje moral. Afirmo que tal mensaje estará necesariamente contaminado por los prejuicios del científico y que sólo puede ser falso, en la medida en que se presente como objetivo. Con frecuencia, la intención es noble, siendo el científico el primer engañado al pretender hallar en el extraordinario poder explicativo de la ciencia el refugio que necesita para otorgar un sentido a la vida. Pero, en mi opinión, será el mito, y no la ciencia, quien pueda contribuir sustancialmente a ese sentido, dos dimensiones del saber humano estrechamente relacionadas. Los mitos compartidos influyen en la ciencia, canalizándola, esto es, contribuyen a diagnosticar los problemas solubles de los que se ocupará finalmente. Además, participan, ya sea de manera tácita o conscientemente en la construcción de las teorías científicas. No obstante, esto no significa que la validez de una teoría científica venga dada por los valores que comparta una sociedad. Aunque ambos ofrecen explicaciones, sólo la teoría se somete al implacable juicio de la naturaleza en la medida en que ofrece oportunidades de refutarla empíricamente. Digamos que el componente subjetivo de la teoría está supeditado a la razón y al servicio del pretendido conocimiento objetivo de lo real. Es evidente que existe un progreso científico que, sin embargo, no es a pesar del mito sino en relación con él. La existencia de un progreso moral análogo me parece algo mucho más controvertido. Aunque mitos y teorías son construcciones humanas, observar la limitación de contenido moral en la teoría es fundamental para entender la fuerza real de la ciencia, ya que al reconocer esta limitación uno identifica la mayor parte de su componente relativo. La ciencia nos dice cómo funciona el mundo al proporcionar una explicación a la experiencia reproducible y cuantificable, que es el medio a través del cual el científico interroga a la realidad. La ciencia revela lo que es posible y con ello nos ofrece un conocimiento cada vez más cercano a la verdad. Pero necesitamos de otras fuentes de conocimiento que nos permitan establecer y justificar valores deseables, y así, quizás, poder acotar la verdad desde flancos que parecían inalcanzables. Y es que, mientras se pregunte científicamente, la realidad permanecerá muda respecto al sentido. Debido a que es a través del mito que descubrimos los valores que servirán con posterioridad para orientar a la ciencia, ésta no se volverá contra nosotros en la medida en que respete su función radical. Nuestras acciones necesitan de la guía de ambos, del mito para conocer lo que es bueno realizar y de la ciencia para saber si puede realizarse. Una ciencia que tenga en el punto de mira al mito, dejará al hombre mortalmente herido después del disparo. En su intención de liberarlo de prejuicios, podría quedar esclavizado con nuevas cadenas, quizás dobles y helicoidales, que le aprisionarían en “un mundo feliz”.

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