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“Dedos fríos” Hardin

agosto 22, 2007

Era como llamaban al pistolero que había terminado con la vida de cuarenta y cuatro. Eso hacían dos víctimas más que años tendrá al morir. Sus estudios de teología y leyes, realizados durante diecisiete años de buen comportamiento a la sombra, le sirvieron para conseguir el indulto. “Nunca he matado a un hombre que fuera honrado”, había dicho en su defensa. Se decía que estaba reformado, aunque John se negaba a creerlo. Su primera víctima fue un negro enorme con el que había tenido una discusión, pues el de Texas jamás le consideraría otra cosa que un esclavo. Le salió al camino poco después, y agarró las riendas del caballo que montaba aquel pálido delgaducho de quince años y mirada áspera como la lengua de un gato. No hubo lugar para la pelea. El chico sacó el revólver y reventó a tiros al gigante, orgulloso de su joven libertad. Así inició su senda de muerte “dedos fríos” Hardin. Fue hecho prisionero un año después, pero compró la pistola que ocultaba un huésped del lugar y, fingiéndose enfermo, escapó matando a sus carceleros. Le persiguieron tres soldados a caballo, pero la ráfaga de viento giró en redondo y disparó, y disparó… y los tres jinetes cayeron de sus monturas con el vientre más pesado. La frialdad y ligereza con que daba pasaporte le hicieron pronto famoso. Mantener su mirada de ojos castaños era desafiar a la muerte. El tiempo se detenía en cada encuentro mortal. Poco antes de que la muerte deshiciese el nudo recién formado, no movía un solo músculo en un ejercicio depredador que parecía interminable. De súbito, con su brazo izquierdo rompía la estatua en mil pedazos. Lo sacudía con extraordinaria violencia en el aire detenido. Era entonces cuando más temblaban los testigos, era el momento del chasquido letal de aquel látigo que era su Colt levantando olor a pólvora. Ni siquiera el Sheriff de Abilane, el rapidísimo y certero Wild Bill Hickock, le había dado caza después de que el pistolero asesinase, a través de la pared, a uno de sus respetables ciudadanos roncando demasiado. Pero aquellos tiempos habían pasado, quizás hoy habría una posibilidad de escribir su nombre en el recuerdo. El hombre vulgar que ahora caminaba inseguro hacia el bar estaba decidido a hacer historia. Nadie cambia en realidad. Eso pensaba John porque siempre fue un cobarde, aunque no siempre lo supo. Sin embargo, tenía cuentas que ajustar con aquella alimaña convertida. Sabía que la leyenda jugaba a los dados en el salón de “Las Cumbres”. Allí se dirigía con la frente brillante y el rostro lucido de blanco. Apestaba. Lo primero que John Selman vio cuando entró, poco después de que sus ojos se acostumbrasen a la penumbra, fue la espalda del abogado. Con una diestra húmeda por el sudor y la esperanza de no ver aquellos ojos implacables dirigirse hacia a él, apretó el gatillo. Así murió John Wesley “dedos fríos” Hardin.

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