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Metáfora matemática

septiembre 6, 2007

Aquiles concedió a la tortuga cierta ventaja, así que jamás la alcanzaría porque la reducción de la distancia habría de producirse hasta el infinito. Con semejante demostración racional pretendía Zenón dar ejemplo de la imposibilidad del movimiento, ya que para ir de A hasta B es preciso recorrer primero la mitad de la distancia, y antes de la mitad hay que llegar a un cuarto de la misma, y para recorrer un cuarto había antes que recorrer un octavo, y así nos referimos a distancias infinitamente pequeñas, pero, al fin y al cabo, distancias. El movimiento era para el de Elea una ilusión, y no fue hasta veintiún siglos después que se comprendió que una cantidad infinita de términos más pequeños puede sumar una cantidad finita. Pero, ¿y si la distancia fuese irregular, aparentemente caótica? A Lewis Richardson le preocupaba medir la costa de Inglaterra con la mayor precisión posible, pero a medida que reducía la escala geográfica se daba cuenta de que en realidad no podía medir aquello, que cualquier cifra que ofreciese no era más que una burda aproximación. En cierto modo, una idealización, pues el contorno real parecía infinitamente irregular. La costa de Inglaterra se mostraba infinita, lo que no fue óbice para dar rienda suelta a su conocido afán imperialista. En mi opinión, la costa de Inglaterra es tan compleja como pueda llegar a serlo cualquier inglés. Se trata de un fractal. Si observamos con atención una sección cualquiera de la misma, comprobaremos que tiene siempre la misma proporción de salientes que la totalidad. Su irregularidad es infinita, por lo que resulta absurdo el análisis, entendido como la fragmentación y observación detallada de las piezas. En este sentido, la naturaleza contiene una complejidad insondable. Análogamente, cualquier inglés se me antoja infinitamente complejo. Como no hay muros que contengan la libertad, no habría cifra ni categoría psicológica a la que pudiera ser reducido, ni microscopio capaz de aprehender su complejidad. Sin embargo, cualquier inglés podría constituir el reflejo a pequeña escala de la totalidad, un microcosmos contenido, una expresión del fractal universal. La suma de los términos infinitos de Lewis sería el propio Lewis y la explicación a por qué un inglés es uno completamente diferente a cualquier otro seguiría siendo un misterio.

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