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Infinito y definido

septiembre 11, 2007

La singularidad individual es innegable, aunque no se puede comprender sin relación con el resto de la naturaleza, una relación potencialmente enigmática. Incluso cuando nos referimos a una experiencia, digamos de ruptura de límites, de indefinición, de comunión…, es evidente que hay un sujeto que la vive, que es transformado por ella y que, finalmente, la expresa. Incluso la mera expresión supone un ejercicio adicional de desvelamiento interior. Se da la paradoja de que la experiencia de indefinición contribuye a definir al sujeto que la vive. Mi padre era escultor. Dado que durante mucho tiempo tuvo el taller en nuestra casa, puede decirse que crecí bajo su banco de trabajo, fascinado con pequeños coleópteros que horadaban la vieja estructura, con el pelo siempre lleno de astillas, el temor a las gubias afiladas, y un aroma a madera que todavía retengo. Recuerdo las caras difuminadas de las estatuas que habían pasado por el torno, se parecían a rostros reflejados en un espejo cubierto de vaho, siluetas de fantasmas que se preguntaban por las ideas de mi padre. Eran los recién llegados. Entonces atacaba la madera, aprisionada por instrumentos de tortura, con gestos que me parecían violentos y sorprendentemente precisos. Pretendía imponer un pensamiento, pero pronto me di cuenta de que los rostros de los recién llegados ya estaban allí antes de ir a buscarlos. No había una definición previa de la figura sino que la forma emergía durante un diálogo entre el hacedor y el objeto. La persona puede creer que es el personaje que interpreta a modo de imitación, no voy a negar esto, es común. Puede llegar a asumir como esencial una pose previamente estudiada, superficial, vanidosa, pero se trata de una condición empobrecida de la persona en la medida en que nace del miedo a la libertad. Es cierto que la persona es un actor, pues realiza actos. Incluso el no optar se le presenta como una opción de entre las posibles. Digamos que vive un imperativo ético del que no puede escapar. Pero es un actor con un interior sincero, aunque no siempre evidente, ni siquiera para él mismo, y que se desvela con timidez, a veces dramáticamente, a través de sus anhelos, de sus actos, de sus valores, de sus experiencias y de su reflexión de las mismas. Hay un interior sincero y a la vez libertad, porque es un rostro misterioso que se define a lo largo de la vida en un diálogo interminable con los demás. En realidad, esculpimos la estatua interior en un diálogo con todo lo demás, somos la madera en manos del cielo y de la tierra.

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