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La muerte del señor Rosad

octubre 1, 2007

Lucien Rosad se despertó de improviso con el corazón latiéndole en la garganta. Tenía la almohada húmeda de sudor y los ojos, todavía desorbitados, buscaron ansiosamente a su esposa. Gracias a Dios todo había sido una pesadilla. Allí estaba, inmóvil, profundamente dormida, de espaldas a él. En un arrebato egoísta quiso despertarla y hacerle el amor. Pero se acercó a ella con delicadeza, cubrió sus hombros con la sábana y la abrazó. Cerró los ojos. En pocos segundos se volvería a dormir, ella estaba bien. Pero entonces escuchó el sonido de, tal vez, un exprimidor en la cocina. Un gélido latigazo recorrió su espalda. Fue una suerte para él no ver su rostro desencajado, pues una imagen así no se olvida fácilmente. Permaneció paralizado durante minutos que parecieron horas, hasta que saltó como un resorte cuando lo escuchó una vez más. Aquel ruido inconfundible de tejidos triturados por una máquina eléctrica no despertó a Ana. Decidió no sacarla de aquel profundo sueño. Lo que estaba ocurriendo era absurdo. Hacía mucho tiempo que vivían solos. Más de una vez pensaron en tener hijos, pero hacía años que no acogían a nadie. La última vez había sido a su hermana, que pasó con ellos una temporada después de su enfermedad. Era completamente absurdo. ¿Qué intruso se prepararía un zumo para desayunar, mientras los inquilinos duermen arriba? No la despertaría. Se incorporó y cogió una percha del armario. En pijama, temblando, y asiendo un arma tan ridícula, se encaminó al piso de abajo. Andaba en tinieblas, palpando la pared con la yema de los dedos, mientras su pecho se agitaba con violencia. De nuevo, volvió a escuchar aquel sonido penetrante. Ahora le pareció un triturar de huesos en su cabeza. Desde el piso de arriba podía ver la luz procedente de la cocina. Bajaba con lentitud. Sus piernas no seguían los mismos ritmos que imponían sus venas. Su sien izquierda quería reventar de dolor. Sintió calor en su mano, sangraba, ¡maldita percha! La puerta de la cocina la encontró entreabierta. Aunque veía buena parte de la estancia, no alcanzaba a ver a la persona que había invadido su hogar. Sin embargo, podía sentir su respiración, cadenciosa, parecía la de alguien dormido. Con una mano temblorosa empujó aquella puerta. Tardó un instante en habituarse a la luz, entonces la vio. Cariño, ¿te preparo un zumo?, le dijo ella con expresión sorprendida. Lucien abrió la boca para gritar, pero no emitió sonido alguno. Se giró buscando con la mirada el piso de arriba, pero sólo logró marearse. Su mujer dejó caer media naranja y corrió hacia él para sostenerlo en brazos. En ese preciso instante ella abrió los ojos en la oscuridad.

Basado en una idea original de Lughnasad

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2 comentarios
  1. Has redondeado un mísera idea de un sábado por la mañana…

  2. luciernagas permalink

    ¡Venga Lugh! la idea ya era buena antes de comenzar a escribir.

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