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El lugar en ninguna parte

octubre 8, 2007

Existe una isla que no es posible ubicar geográficamente. No quiero decir que todo el mundo desconozca su paradero sino que es imposible precisarlo. Por esta razón se la llama Utopía. El canciller de Enrique VIII, Tomás Moro, escribe sobre ella a raíz de un testimonio fidedigno. Por eso sabemos que está gobernada por un consejo de ancianos cuyos miembros son elegidos democráticamente. Sus habitantes carecen de moneda y todos ellos, sin excepción, dedican una parte de su tiempo al cultivo de la tierra y el cuidado de los animales, a las obras públicas y, en fin, a todo aquello que es necesario para la vida en comunidad. El trabajo es obligatorio y la mendicidad no está permitida. El resto del tiempo se dedica al ocio. El tiempo que no se reserva al cultivo de la tierra se dedica a cultivar el alma, a través de la cultura, las artes, las relaciones interpersonales…. Los bienes son compartidos, por lo que sus gentes no se preocupan de otro enriquecimiento que no sea el personal. El oro se destina a cosas como la elaboración de grilletes para los presos o la fabricación de urinarios públicos. Los habitantes de Utopía cuidan el cuerpo al tiempo que sus mentes, sin excesos ni obsesiones, gozan de total libertad de cultos, aprecian los placeres de la vida y protegen a los discapacitados. Se dice que no hay otro lugar en el mundo donde las personas vivan tan felices. Existen ejemplos de sociedades que han pretendido llevar a la práctica los ideales comunistas de Utopía. Por ejemplo, durante el siglo XIX, Étienne Cabet y otros muchos que se llamaban a sí mismos icarianos, compraron gran cantidad de tierras en los Estados Unidos para fundar Icaria, una sociedad regida por una ley fundamental, la fraternidad. Tenían el trabajo como el primer deber y el vivir como el primer derecho. Aunque el proyecto fracasó, encuentro meritoria la búsqueda de su propio lugar. Una vez conocí a una chica que soñaba con poder disponer de los medios materiales que le permitiesen contribuir a crear una sociedad libre y justa, en la que vivir en comunidad. Era un sueño que tenía presente casi a diario. Era como si viviese una contradicción, ya que, para ella, en muchos sentidos aquel mundo imaginario era más real. Para Ernst Bloch, vivimos un mundo inauténtico, ya que la realidad no es, la hacemos. Hombres y mujeres se realizan a través de la esperanza, que es el verdadero fundamento de la historia, en lugar del pasado. La Historia avanzaría gracias a que esas islas sin lugar son realidades íntimas y no meros deseos, forman parte de nuestro ser. Una Humanidad sin esperanza es como un papel que se quema en un cenicero. Ese lugar en ninguna parte tiene un sitio natural que es el corazón humano. Liberarse de este único apego sería hacerse cenizas.

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From → 10. Diezmito

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