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La intuición esperanzada

octubre 17, 2007

En una película tan genial como “Manhattan”, Woody Allen se refiere al cerebro como al más sobrevalorado de nuestros órganos. Sostengo la creencia de que es saludable que una parte sustancial de la vida no se someta deliberadamente al análisis racional o, por el contrario, habrá perdido su significado original. Aprehender racionalmente ciertos aspectos esenciales de nuestras vidas implica distanciarnos de ellos lo suficiente como para suponer una pérdida, en mi opinión lamentable. Generalmente, la ganancia explicativa al respecto es ridícula en comparación con la que supone el sentirnos transformados por ellos. De hecho, muchas veces tienen su lugar en la vida, con permiso de nuestras meditaciones. Sería como habituarnos a relacionarnos con un cuadro a través del análisis técnico y la reflexión sesuda, evitando el vivir una experiencia estética verdadera, que básicamente es una experiencia intuitiva y personal de descubrimiento de nosotros mismos, y así de los demás (sospecho que alguien como Schopenhauer introduciría aquí el siguiente matiz: “y así de todo lo demás”). En el fondo se trata de un problema de confianza. Opino que una vida sin confianza se verá dominada por el miedo. Su síntoma más evidente consiste en una cierta acumulación que responde a una necesidad de control. Acumulación que en las formas más embrutecidas es de objetos materiales, pero existen otras manifestaciones más sensibles del mismo fenómeno. La célebre sentencia socrática “solo se que no se nada” ilustra la insatisfactoria acumulación del hombre sabio, por ejemplo. El progreso científico se me antoja más una consecuencia de esta inseguridad que de la curiosidad humana. Pero el control absoluto es una entelequia, de la misma manera que los números enteros no abarcan por entero a los números, pues constituyen una infinidad. Proceder en la vida básicamente mediante la razón supone particularizarla y hacerla encajar en un sistema que siempre será demasiado rígido. Esto conlleva una simplificación inevitable y, por consiguiente, alguna pérdida, que esperamos prescindible de acuerdo con algún criterio principal. Por ejemplo, podríamos tener en la utilidad un principio preferible y hacer pasar nuestra vida por semejante tamiz. Lo inútil sería así menospreciado. De acuerdo con esto, juzgaríamos el amor en función de si nos resulta útil o no, lo cual, en el mejor de los casos, sería una lástima. En cambio, una alternativa interesante para mí, consiste en reconocer el amplio margen de incertidumbre, limitando en lo posible la propia intervención, de tal forma que podamos identificar cómo todo tiende a ocupar su lugar natural, incluido yo mismo (esta intuición es completamente irracional y difícil de explicar). La manera de superar la ansiedad que acompaña a la renuncia del control sería a través de la esperanza. Este es un argumento sutil, susceptible de ser malinterpretado como una suerte de pasotismo ignorante, y es verdad que un cierto quietismo, una falta de compromiso, una forma de cobardía, una miopía conformista, son variantes pervertidas de este intuir esperanzado. En realidad, la aceptación de la incertidumbre como parte de la esencia de la vida no está exenta de riesgos y compromisos, que merecen ser asumidos, pues sólo así la esperanza cobra sentido, pero consistirá en una actitud humilde y respetuosa con lo que nos rodea, liberada de la orgullosa precariedad del concepto.

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