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La visita del Sr. Ángel

noviembre 19, 2007

Aunque mi muerte se debió al error del Sr. Ángel, no se equivoca quien se refiera a lo acontecido como el resultado de su acierto. Aquella tarde buscaba a Lucía. Ambos lo hacíamos por la misma razón. Dejaría a su marido. Comprenderán mi alivio y preocupación cuando averigüen por ustedes mismos que el corazón de ese hombre está hecho del polvo que se deposita sobre las telas de araña. Una raquítica criatura de múltiples ojos que a veces reflejan la luna, pero que en realidad son tan oscuros como los rincones que habita. Sin otra cosa que comer que polvo, se mantiene viva a base de instinto y la esperanza del temblor. Lo supe pronto y quise verla. Utilicé la llave que suele ocultar en el marco de la puerta, y esperé. Nunca imaginé que aquel arácnido, con el que se había enredado en el engaño, enviaría al Sr. Ángel para matarla. Y porque no pude imaginarlo no vi como llegaba, ya que nadie le ve realmente. Una tendría que estar muerta o disponer de al menos tantas ventanas al negro interior como tiene la peor araña. La sonrisa del señor Ángel es afable y se abre como un telón de terciopelo cuidándose de no mostrar su paladar de escualo. Nadie se fija en él porque en el fondo nadie desea ver la función. Así ha sido siempre, pero reza para que él no se fije en ti. Imagino que aquella tarde no identificó el cuello apropiado. Tan sólo un instante después de entrar y arrojar a un lado las flores marchitándose, vi un reflejo fugaz, algo bello. Entonces, ya en el suelo, sentí que el calor de mi cuerpo me abandonaba y una viscosa humedad en el rostro. El olor se me antojó dulce como las manzanas de otoño. En aquel suelo morí por el certero error de un artista en lo suyo. Después de morir me levanté y dejé el apartamento, mas pude observar con sorpresa que no dejaba huellas sobre la sangre. Bajaba las escaleras sin pesadumbre, ligera como una pluma, cuando vi venir hacia mí a un hombre vestido de uniforme. En la mano izquierda portaba con olvido unas flores sedientas, mientras su otro brazo caía rígido y paralelo al cuerpo con plata oculta en el puño. El pasillo era estrecho y desde abajo me dedicó una amplia sonrisa. Pasó a mi lado como en cámara lenta sin desviar su mirada común y recuerdo que pensé: “jamás le invites a entrar”. El timbre de la puerta me despertó con terrible angustia. No se cuanto tiempo permanecí inmóvil en el dormitorio, pero no volvió a sonar. Con los pies descalzos caminé hacia el vestíbulo muerta de miedo y grité de locura cuando vi el charco de sangre.

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One Comment
  1. Barroco relato lleno de paradojas. Resulta inquietante.

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