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M

noviembre 27, 2007

La otra noche vi por vez primera “M, el vampiro de Düsselforf “. Es una película brillante, a la altura de las mejores obras del cineasta extraordinario que fue Fritz Lang. Tiene escenas memorables e invita a reflexionar sobre la justicia y la responsabilidad moral, pero no es de la película de lo que quiero escribir ahora, tampoco sobre la conciencia de la libertad. No me embarcaré en ninguna sesuda reflexión filosófica ni es mi intención profundizar en los intrincados misterios de la mente humana. En este momento, lo que centra mi interés es el vampiro. M tenía por nombre Peter Kürten. Nació en 1883 en Köln, Alemania, en el seno de una familia muy pobre. Eran trece hermanos viviendo hacinados en una pequeña habitación junto a su madre y un padre alcohólico sin trabajo, que periódicamente les dedicaba brutales palizas, incluyendo reiteradas violaciones a las hermanas de Peter. Logró escapar de aquel infierno a los ocho años. Durante un año vivió en la calle y robaba para comer, hasta que conoció a un drogadicto que lo introdujo en la zoofilia. Todavía no era un adolescente cuando ya sodomizaba animales que encontraba en granjas cercanas. Con dieciséis años tuvo una relación con una prostituta sadomasoquista que le ayudó a averiguar que podía ser tan sádico como lo había sido su padre. En cierta ocasión, la belleza de un cisne lo provocó de tal manera que se abalanzó sobre él desgarrándolo con las manos y exprimiéndolo hasta beber su sangre. Con frecuencia, violaba animales al mismo tiempo que los mataba, pero los animales no saciarían a semejante bestia repleta de odio. Su primera víctima fue una niña de trece años que encontró sola en una casa en la que entró a robar. Sin embargo, en aquellos tiempos fue condenado varias veces por robos y alguna agresión sexual que le llevarían a entrar y salir de prisión varias veces. En total, acumuló algo más de veinte años de cárcel, pero a los cuarenta años decidió emprender una nueva vida. Se casó con una mujer de familia acomodada, consiguió trabajo como camionero y cuidaba con esmero su aspecto físico. Sus vecinos le tenían por un ciudadano ejemplar, todo un caballero, y su mujer nunca sospechó cuando comenzó a matar en serie. Aunque padecía de eyaculación precoz, solía alcanzar el orgasmo con la muerte de la víctima. Cuando esto ocurría, dicen que se alejaba de ella exclamando: ¡así es el amor! Se entregó a la policía en 1931. Fue condenado a morir en la guillotina por el asesinato de nueve mujeres, incluidas dos niñas de catorce y cinco años, así como por llevar a cabo un total de ochenta agresiones sexuales. También fue condenado por siete intentos frustrados, ya que en tantas ocasiones sus víctimas lograron sobrevivir. Su último deseo fue poder escuchar su flujo sanguíneo en el momento de ser decapitado.

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