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Utopías delirantes

diciembre 7, 2007

En un post anterior destacaba la importancia de albergar la utopía en nuestro interior como germen del verdadero progreso. Soñar con un mundo mejor me parece la primera disposición para combatir la resignación y el conformismo, que sólo puede conducirnos, en mi opinión, a un mundo todavía peor. Sin embargo, la historia está llena de utopías delirantes que se quisieron imponer “desde fuera”. Las pesadillas futuristas de George Orwell en “1984”, el “mundo feliz” de Aldous Huxley, o el “Fahrenheit 451” de Bradbury, fueron en esencia postuladas como deseables por profetas delirantes en el pasado. Generalmente, tienen en común el miedo al pensamiento, y se da la paradoja de que en nombre de la razón se pretende que nadie piense por sí mismo. Otro rasgo que suele estar presente en tales pesadillas es la homogenización, la imposición de una igualdad artificial, pues la diversidad es temible y se la declara falsa. En mi opinión, la diversidad se percibe como una amenaza para el nuevo régimen porque sirve de combustible al cambio, pues es incompatible con la verdad única y dogmática. Desde “La República” de Platón no faltan los iluminados de la historia que tratan de imponer una nueva era. Abundaron, por ejemplo, durante el siglo XVIII, alumbrando los aires de revolución. Así, en la utopía del materialista Léger-Marie Deschamps desaparecen las artes y las ciencias, por ser inútiles. La individualidad se extingue en favor de la totalidad, que se abre camino a través de la unidad. El lenguaje sólo es un estorbo para comprender esta verdad, por lo que debe ser simplificado al máximo (como ocurre con la neolengua de “1984”); y la lengua escrita desaparecerá y todos los libros serán quemados (como en “Fahrenheit 451”), pues sólo confunden. Los hombres descubrirán la realidad verdadera, entonces pensarán igual. Aquel que piense diferente podrá ser declarado loco, pues sólo serán felices quienes conocen la verdad, esto es, todos los demás. La muerte formará parte del ciclo de la vida y todos seremos conscientes de que emergeremos en la totalidad bajo una nueva forma. Oscar Wilde dijo una vez que las peores obras suelen hacerse con las mejores intenciones, lo cual es ciertamente dramático. Opino que para cuidarnos del desastre venido de visionarios que no alcanzan a ver sus propias frustraciones y complejos, debemos proteger la diversidad como un valor irrenunciable, así como confiar en la razón y en nuestra capacidad de empatía. Se trata de confiar en nuestra capacidad de transformación personal potenciando nuestra humanidad.

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