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Reflexión sobre “Matrix”

diciembre 17, 2007

Supongamos que vivimos en “Matrix”. Que estamos siendo almacenados y explotados como si fuésemos ganado. Nuestros cerebros estarían convenientemente estimulados para que tengamos determinadas experiencias, tales como la de estar frente al ordenador escribiendo sobre el control de nuestras pobres vidas nutridas por un ordenador manejado por alienígenas. Este argumento de ciencia-ficción tan especulativo es, en esencia, un razonamiento legítimo en contra de la posibilidad del conocimiento, el cual ha estado presente bajo formas menos sofisticadas a lo largo de la historia del pensamiento. La duda metódica de Descartes, por ejemplo, considera la posibilidad de que la vida sea un sueño controlado por una suerte de demiurgo maligno. Si ni siquiera sabemos si vivimos nuestras vidas ¿cómo podremos saber la verdad de las cosas? Me temo que la creencia de que no estamos siendo víctimas del control ajeno es indemostrable, ya que no podríamos apelar a nada que formase parte de nuestra experiencia que sirviese como evidencia. ¿Quiere esto decir que no podemos estar seguros de nada? Existen al menos dos formas de rebelarse con razón ante la pesadilla. El escéptico afirma que hay una diferencia fundamental entre estar sentado al ordenador y creer que se está sentado ante el ordenador (en este caso, una creencia suministrada por una inteligencia de otro mundo), pero que la diferencia trasciende toda evidencia posible, por lo que no hay distinción en la práctica. En consecuencia, uno podría añadir que la discusión carece de sentido, pues al no haber distinción posible entre ambas hipótesis, el ser o no ser libres no afecta al modo en que vivimos nuestras vidas. Es decir, la discusión no es relevante porque estando o no determinados, en cada momento actuaríamos como si fuésemos libres. Probablemente, más de uno se sentirá decepcionado ante un argumento tan sumiso. Una forma tal vez más satisfactoria de combatir la tesis de “Matrix” es negar por definición la existencia de verdades que trasciendan toda evidencia posible, por lo que no existirían las diferencias potencialmente irreconocibles. Según esto, sólo el ateo y el creyente que sostenga la “herejía” de que la existencia de Dios puede ser empíricamente demostrada, podrían afirmar con razón que no forman parte de “Matrix”. El creyente convencional, sin embargo, reconocería que hay verdades que trascienden toda evidencia posible, entre ellas Dios mismo, por lo que no podría apelar a la razón en contra de la temible conspiración. Su negación no podría estar basada más que en la fe. Al igual que Descartes, fundamentaría la posibilidad de conocimiento racional en algo que no puede conocer a través de la razón, esto es, la existencia de Dios. Así pues, se da la paradoja de que el creyente proporciona al escéptico no sólo motivos, sino que llega a compartir el fundamento mismo de su escepticismo.

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