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La realidad como contradicción

enero 4, 2008

Existe un interesante paralelismo entre la filosofía budista y la física contemporánea, cuando se trata de revelar la naturaleza paradójica de la realidad. La aplicabilidad de dos de las teorías científicas más fiables, a tenor de múltiples evidencias empíricas, como son la Teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, está restringida a ámbitos independientes, pues de otro modo resultarían incompatibles. Esta aparente falta de coherencia lleva a pensar a muchos científicos que modelos tan extraordinarios son, sin embargo, deficitarios, ya que pone de manifiesto la necesidad de una teoría física que unifique las explicaciones a escala astronómica y subatómica. Sin embargo, entra dentro de lo posible que la realidad se nos revele esencialmente contradictoria y que la aplicación de un programa reduccionista no sea posible en este caso sin menospreciar su complejidad. Por ejemplo, la explicación de la conducta humana no puede reducirse a la biología, como esta no puede ser explicada en su totalidad por la química, pues en cada nivel jerárquico surgen propiedades completamente nuevas cuyo estudio exige la aplicación de métodos distintos. La Teoría de la relatividad sirvió para ajustar el modelo newtoniano y proporciona una explicación determinista de los fenómenos físicos a escala macroscópica. La Teoría cuántica, sin embargo, sugiere que la incertidumbre es una propiedad intrínseca de la realidad, y que esta no es independiente del papel del observador. Análogamente, al menos en el budismo Mahayana se habla del principio de la doble verdad. Según este principio existe una verdad común en virtud de la cual las cosas se perciben dotadas de identidades diferenciadas y todo está constituido por partes. Se trata del mundo de la experiencia empírica que no es ilusorio, de la misma forma que no lo son las evidencias de la Teoría de la relatividad, por ejemplo. Por otro lado, el filósofo indio Nagarjuna se refiere a la verdad última que, al igual que la física cuántica, contradice al sentido común; una verdad subyacente al mundo aparente o fenoménico. Esta realidad última se caracterizaría porque las cosas no son independientes unas de otras, sino que las partes están sutilmente interconectadas constituyendo un todo, y cada parte, nosotros mismos, se define necesariamente dentro de un contexto de relaciones con todo lo demás. De forma análoga con el principio de incertidumbre de Heinsenberg, la verdad última sostiene que el observador contribuye a definir la realidad percibida. El principio de la doble verdad resulta aparentemente contradictorio, como ambos desarrollos de la física actual, pero en el fondo implica que negar el sentido común sobre la base de la verdad última supone cometer un error de método. Se da la paradoja de que el paralelismo al que me estoy refiriendo es interesante porque los métodos de la ciencia y de la meditación budista no pueden ser más diferentes.

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