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Reacciono, luego siento

enero 6, 2008

Generalmente, tendemos a pensar que la secuencia correcta de acontecimientos en lo que se refiere a los vínculos entre la fisiología y nuestras emociones es algo semejante a —¡joder!, este tío me saca de quicio con esas cosas que dice—, siento ira, lo que causa la aceleración del pulso y la tensión de mis músculos —dame una excusa, ¡rarito de mierda!—, y es aquí cuando la bella adrenalina te concede un baile. Sin embargo, hay evidencias que indican que las cosas ocurren al revés. Que en primer lugar se producen cambios fisiológicos, en buena medida fuera de nuestro control, los cuales contribuyen a desencadenar nuestras emociones y, especialmente, condicionan su intensidad. Una serie de hechos aconteciendo a nuestro alrededor influyen en nosotros de manera a veces inconsciente. El sistema nervioso autónomo se pone a trabajar, por ejemplo, acelerando el ritmo cardíaco, erizando el cabello, teniendo una erección, dilatando las pupilas…etc., cambios que informan al cerebro de que sentiremos en un sentido más que en otro. Esta razón explica por qué un simple relajante muscular puede servir como un ansiolítico. Recuerdo que, en cierta ocasión, minutos antes de defender públicamente un trabajo de varios años, tomé un fármaco beta-bloqueante (una sustancia que compite con la adrenalina por determinados receptores, disminuyendo con ello el efecto hormonal) con la esperanza de calmar mis nervios, a pesar de que sabía que la droga no iba a actuar directamente sobre el sistema nervioso. Aquella sustancia contribuyó a evitar la aceleración de mi pulso, la sudoración de mis manos y la palidez de mi rostro, que inevitablemente acompañarían a mis temores. Atajar tales cambios hizo que me sintiese más tranquilo. Algunos estudios sugieren que si se obliga a alguien a manifestar una expresión facial inusual, y se repite una y otra vez, con el tiempo sentirá la emoción correspondiente. Tal vez por eso empezamos a sentirnos mejor cuando, estando tristes, accedemos a sonreír confiadamente a quien nos lo pide con amor. Según una controvertida hipótesis, la velocidad con que se coordina el sistema límbico con el sistema nervioso autónomo, o dicho de otro modo, nuestro cerebro con el resto del cuerpo, es menor en las mujeres que en los hombres. Digamos que, después de un período de excitación, el cuerpo de las mujeres recupera más lentamente el estado habitual, por lo que la intensidad de su emoción perdura más. Por ejemplo, inmediatamente después de hacer el amor ella todavía está muy sensible, pues su cuerpo camina con mayor parsimonia hacia la línea base emocional. Otro ejemplo, una vez que ella dice haber perdonado tu metedura de pata, se le ocurre sacar a colación una estupidez que cometiste hace siglos. Su cerebro tomó la decisión de perdonarte, pero su cuerpo aún está agitado e informa de que algo no va bien. Es evidente que esta relación fisiología-emoción es bidireccional, sin embargo, parece que nuestra fisiología tiene mucho que decir acerca de lo que sentimos. Luego, si quieres controlar tus emociones y ganar un poco más de libertad, aprende primero a respirar.

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