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Ceniza imborrable

enero 17, 2008

El otro día escuché por la radio que una bibliotecaria llegó a destruir, al parecer por error, un total de 80 toneladas de libros. Algo así siempre es producto de la necedad humana, aparentemente inagotable, pero suele hacerse de forma deliberada. La historia enseña que la censura está asociada al poder, pues pocas cosas hay tan peligrosas para el tirano como el que la gente tenga acceso a la información y aprenda a pensar por sí misma. Un claro ejemplo de cómo la lectura es a veces percibida como una amenaza del statu quo fue su prohibición para los negros, tanto esclavos como hombres libres, que no se levantó en los Estados Unidos hasta mediado el siglo XIX. En nuestro tiempo, la palabra escrita se prohíbe menos de lo que se usa para tergiversar y deformar la realidad en favor de intereses egoístas. En el año 411 a.n.e., las gentes de Atenas quemaron las obras de Protágoras. Dos siglos después, el emperador chino Shih Huang-ti quemó públicamente todos los libros de su reino con el fin de impedir que la gente leyese. Augusto prohibió a Ovidio; Calígula ordenó la quema de las obras de Homero, Virgilio y Tito Livio, y Diocleciano ordenó quemar todos los libros cristianos. En el siglo IV Atanasio, obispo de Alejandría, ordena la destrucción de todo escrito inaceptable en su privilegiada opinión. Los libros válidos llegarían a constituir el Nuevo Testamento. El 10 de Mayo de 1933 pasa a la historia por la quema de 20.000 libros por parte de los nazis. Espectáculo aclamado por una muchedumbre de 100.000 personas. Entre los autores cuyas obras fueron despreciadas se encontraban Freud, Marx, Brecht, Hemingway o Einstein. En 1987 el dictador Augusto Pinochet manda quemar 15.000 copias de la primera edición de la obra de Gabriel García Márquez “Las aventuras de Miguel Littín”. Pinochet ya había censurado en 1981 el Quijote. No hay dictadura sin censura, como sabemos bien en España. En 1559 el Santo Oficio de Roma publica el “Indice de los libros prohibidos”, que no se suprimirá hasta 1966. Todas las obras de Diderot, Zola, France, Balzac, Gide, Sartre, Maeterlinck, Rabelais, Bergson, Descartes, Hume o Erasmo, se incluyeron en él. Los había tan escandalosos que ni siquiera se incluían. Entre tales autores poco menos que demoníacos estaban Nietzsche o Marx. En el Indice fueron incluidas obras específicas tan notables como “Los Ensayos” de Montaigne, “El contrato social” de Rousseau, las novelas de Stendhal, “Los miserables” de Victor Hugo…etc., incluso algunas obras de Santa Teresa. Por supuesto, el marqués de Sade. La lista es casi interminable. En 1872 se funda en Nueva York la Sociedad para la erradicación del vicio, fundada por Anthony Cosmstock. Este hombre se jactaba de haber destruido 160 toneladas de libros. Fue el responsable de 16 suicidios y consiguió condenas de culpabilidad para casi 4.000 personas a lo largo de 41 años de actividad incansable. Entre los autores malditos se encontraban Bocaccio, Whitman, Shaw o Tolstoi. En 1980 los padres del condado de Hawkins, denunciaron a las escuelas públicas del Estado de Tennessee por la perniciosa literatura utilizada en la educación de sus hijos. Entre los libros pecaminosos se encontraban “La cenicienta”, “Rizos de oro” y “El mago de Oz”. Lo cierto es que sería imposible relatar todas las obras censuradas en algún momento de la historia. Es muy posible que si se hubiesen destruido todas, no quedaría otra cosa para leer que los libros de Jaime Peñafiel.

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