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Los crímenes de Oxford

febrero 5, 2008

Se abre el telón con la sentencia de muerte de la Filosofía en nombre de Wittgenstein. Sin embargo, uno no está seguro de si se le utiliza en un alegato a favor del escepticismo, del relativismo, del positivismo, o de algún otro –ismo. ¿Cómo podríamos estarlo? Parece ser que el Tractatus, ciertamente, fue escrito durante la primera guerra mundial. Dicen que en las mismas trincheras, cosa que presumo muy distinta a presentar al autor acuclillado en la línea de fuego. Completamente absorto, ignorante de las bombas que caían a su alrededor, tal vez, pero no bajo ellas como un pequeño Buda en posición de loto. Este primer detalle, aparentemente sin importancia, anticipa la falsa coherencia intelectual de toda la obra como si de un fractal se tratase, pues es la primera de una serie de pequeñas exageraciones que, en conjunto, llegan a ser tan deformes que incurren en la propia contradicción. Otra cosa son los aspectos más técnicos de la película, que hallé entretenida, de los que nada diré más por ignorancia que por otra cosa. Es cierto que el Tractatus influyó sobremanera en la filosofía del siglo XX, particularmente en la filosofía analítica, pero supuso un ataque demoledor a la Metafísica y no pretendía la extinción de la Filosofía, si bien es cierto que, esencialmente, parecía quedar reducida al análisis del lenguaje. En la caricatura filosófica con la que se viste un guión, en mi opinión vulgar, surgen muchos tópicos habitualmente manejados a diestro y siniestro por el que se cree listo, que pretenden encontrar coherencia en un cocktail difícil de tragar. Así, no faltan el Teorema de Gödel, o el principio de indeterminación de Heisenberg, incluso la paradoja del mentiroso, para enfatizar la ausencia de certidumbres. Pero también, el efecto mariposa, emblema del caos determinista, que no puede estar más alejado del azar inherente a la realidad que representa la física cuántica, incluido dicho principio. El problema está en que todo se mezcla caprichosamente, e ingenuamente se llevan unas supuestas implicaciones de tales logros mucho más allá del ámbito en el que fueron demostrados, sin embargo, de manera poco inteligente. Me temo que una vez más se utilizaron para justificar los propios prejuicios que, paradójicamente, implican un posicionamiento metafísico. Como se trata de una película, y por consiguiente de un ejercicio artístico, no sorprende que una vez cocinados todos esos desafíos a la razón al calor de una jugosa pedantería, la cinta casi libere un tufo a irracionalidad o, al menos, deje abierta la puerta al misterio. De hecho, la metafísica pitagórica forma parte de los ingredientes y la verdad, contrariamente a las arengas del principio que la limitaban al ámbito matemático, termina por presentarse “sucia”, ambigua, poliédrica, y en todo caso fuera del alcance de quien se aproxima a ella sin otras armas que la lógica. Entonces hubiera sido interesante reconocer desde el principio que Wittgenstein escribió otra obra con el segundo conflicto mundial, tal vez igual de influyente, pero en muchos sentidos antitética al Tractatus. Mas supongo que un misterio de pacotilla merece una filosofía de pacotilla. (**)

Reseña crítica de la última película de Alex de la Iglesia

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