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La hipótesis de Dios

febrero 20, 2008

Las condiciones que el universo ha de tener para que sea posible nuestra existencia son muy particulares y no hay motivo para pensar que no pudieran haber sido diferentes, en cuyo caso no estaríamos aquí para contarlo. Algunos consideran que nada hay de misterioso en esto, que se trata de un asunto trivial que no merece explicación. El hecho es que estamos aquí y por eso el universo es como es, y punto. Otros opinan que el fino ajuste del cosmos que se necesita para permitir su observación, demanda una razón. Al menos hay dos tipos de respuestas al respecto, ambas especulativas y seguramente imposibles de refutar desde un punto de vista científico: (1) la existencia de un multiverso, una infinidad de universos cada uno con propiedades muy distintas, de manera que nosotros estamos en uno de los muchos posibles, aquel capaz de albergarnos; (2) que el universo haya sido diseñado por una inteligencia que deseaba nuestra presencia en él. La primera de ellas es matemáticamente expresable y es coherente con algunas de las teorías científicas más reputadas en cosmología, pero requiere un posicionamiento empíricamente infundado porque presupone la existencia de leyes físicas que intervienen a nivel cuántico. Digamos, por ejemplo, que el Big Bang surgió como consecuencia de fluctuaciones cuánticas del vacío, que tal vez se hallen en singularidades como las que pudieran ocurrir en el centro de los agujeros negros, entonces hemos de presuponer la existencia de tales leyes. Por otro lado, nos vemos obligados a creer que esa infinidad de universos realmente existe, cuando parece lógico pensar que no será posible demostrarlo, pues ¿cómo podríamos contactar con universos hostiles? Aunque se trata de un posicionamiento científico, lo cierto es que requiere un acto de fe similar al que es necesario para esgrimir, llamémoslo así, la hipótesis de Dios. En este último caso, uno cree en la existencia de una inteligencia antes del principio, y reconoce que las leyes físicas fueron ideas en la mente de semejante consciencia infinita. Pero con razón se podría argumentar que lo que uno llama consciencia bien pudiera el otro llamarlo vacío cuántico, y lo que, en una imagen antropocéntrica, para uno son pensamientos, las denomina el materialista fluctuaciones de estado. En cualquier caso se respetarían las leyes de la conservación de la materia-energía, y la creación a partir de la nada no se daría. Los opuestos convergerían una vez más. La principal diferencia no radicaría tanto en la explicación del origen, sino en una interpretación teleológica del universo. Así, sólo quienes dan fe de la hipótesis de Dios se ven en la necesidad de especular sobre cuáles podrían haber sido las motivaciones para convertirnos en testigos, ya que son tales especulaciones las que otorgarían un sentido a nuestra existencia y con ella a todo el universo. En el fondo, las razones para escoger me parecen razones del corazón que la propia razón desconoce, como dice la canción, pero si la hipótesis del multiverso no me parece bonita, la hipótesis de Dios no la encuentro divina.

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From → 03. Trespacio

3 comentarios
  1. No veo que haga falta ningún dios para explicar nada, a no ser que a la mente humana, a la conciencia que se mira a sí misma a medida que se desarrolla (crea), quieras llamarla de ese modo.Como “dios” no me ha dotado de una mente científica, no puedo ponerme en la cabeza de uno de vosotros y elucubrar con lógica.
    Pero observando en silencio e intuyendo, quizás el big-bang no sea el principio, o, al menos no el primer principio. Un big-bang será un amanecer, el universo (o multiverso, una poesía, vamos) se desarrolla, se expande hasta que ya no puede expandirse más, se contrae, y desemboca en un inmenso “little-flop”, que acontecería instantes antes de un nuevo
    big-bang. Y así una y otra vez desde nunca, hasta nunca…
    Hasta siempre.

  2. Encuentro esta conversación muy instructiva, con aportaciones que pretenden aproximarse al problema en cuestión desde perspectivas muy diferentes e interesantes. Sin embargo no puedo evitar pensar que se pretende recorrer una gran distancia a enormes saltos, prescindiendo de un camino que por su propia naturaleza nos obliga a recorrerlo pasito a pasito.

    Creo que la cantidad y calidad de los datos que necesitamos para abordar esta y otras cuestiones son del todo insuficientes. Quizá incluso siempre lo sean, aunque alcanzar esa certeza también sería una respuesta. Hasta entonces, no podemos más que seguir recorriendo ese camino poco a poco.

    Para los más impacientes, siempre podemos echar mano de la hipótesis de dios, tan válida hoy como cuando explicaba las tormentas como una forma de expresión de la furia divina.

  3. luciernagas permalink

    En parte, estoy de acuerdo con los dos, aunque es precisamente con la parte del comentario que me parece más particular de cada uno. Estoy de acuerdo con Iamato en que entender las leyes físicas inherentes a un vacío eterno como un Dios organizador, reduce la cuestión a un problema puramente semántico. Sin embargo, pocos creyentes estarían conformes con un Dios impersonal, tan alejado de las preocupaciones humanas. Tal vez una aproximación no tan fría ni tan antropocéntrica, sería imaginar tales leyes como pensamientos de una consciencia original y entender la consciencia humana como una participación de esa fuente, en la que potencialmente puede volver integrarse. Desde esta perspectiva, la consciencia precede a la materia, y muy pocos científicos estarían dispuestos a aceptar algo así. Existen hipótesis que se refieren a universos cíclicos, pero ahondar en ellas ahora supondría seguir insistiendo en un terreno meramente especulativo que, en el breve espacio que conviene a cualquier comentario, nos devolvería irónicamente al principio, una y otra vez. Y es que, como ha indicado Josemi, parece probable que nunca podamos desembarazarnos de la incertidumbre. Paradójicamente, en este preguntar incansable acerca de Todo es donde, en mi opinión, reside el meollo de la cuestión; pues si algo nos hace especiales es nuestro inconformismo, no sería tanto nuestra capacidad de proporcionar buenas respuestas como la de plantear cuestiones bien jodidas.

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