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Zumo de coco

marzo 1, 2008

El paradigma de la isla desierta tiene una palmera sobre la que apoyan sus espaldas un par de náufragos que no se hablan, o bien uno solo que no deja de hablar. Comienzan bebiendo y comiendo de los cocos, y nada les sobra salvo, tal vez, la esperanza de alcanzar el continente que asoma más allá de donde se pone el sol. Pero al final del horizonte dicen que habita una multitud de náufragos arrojados a un mundo extraño que, sin comerlo ni beberlo, apenas exprimen el coco. Hace años, tuve un profesor de antropología muy triste, que sostenía que la risa termina por acabar con neuronas irremplazables, dándole, sin pretenderlo, un nuevo sentido a la expresión “materia gris”. Afirmaba además, que sólo utilizamos un 10% de nuestro cerebro. La primera de aquellas sentencias, pronunciada con conveniente gravedad, me causó un grave deterioro cerebral una vez consciente de que, dada la segunda, existía margen más que suficiente como para escojonarme de vez en cuando. Pero esta segunda afirmación siempre era recibida con naturalidad y enigma, pues a ninguno de nosotros sorprendía, e incluso demostrábamos cierto regocijo en su verdad. Sin embargo, parece ser rotundamente falso que sólo utilicemos una pequeña fracción de nuestro cerebro. De hecho, no hay zonas silentes en él. Es cierto que el número de conexiones cerebrales varía según el estímulo a lo largo de la vida, es decir, según nuestro ejercicio mental; y también es verdad que algunas de nuestras facultades se encuentran inhibidas en un estado normal, probablemente con el fin de potenciar otras que fueron especialmente útiles para nuestra supervivencia como especie. Por ejemplo, tengo un amigo que en cierta ocasión fue capaz de oler unas flores a una enorme distancia. Este fenómeno, conocido como hiperosmia, suele darse cuando existe un exceso de dopamina, muchas veces asociado a momentos de exaltación emocional. El consumo de ciertas sustancias, tales como anfetaminas, también puede causar un incremento ocasional de la capacidad olfativa. En el caso de mi amigo, sospecho que su hipersensibilidad se debió a su hipersensibilidad, a una química más íntima que ajena. En cualquier caso, opino que si el jugo no sacia nuestra sed de náufragos no es porque no exprimamos el coco lo suficiente, sino porque lo exprimimos demasiado.

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