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La ley de Murphy

marzo 9, 2008

Edward M. Murphy fue un capitán del ejército del aire americano que desconfiaba de uno de sus mecánicos. Un día de 1949 dijo de aquel hombre ejemplar: “si hay una manera de hacerlo mal, él la encontrará”. En realidad, aquel colaborador era un hombre extraordinario, pues solía sortear grandes dificultades en su realización de lo altamente improbable. La primera vez que oí hablar de la ley de Murphy fue hace años, siendo yo un niño, y se refería al modo en que cae al suelo una tostada. Gracias a ella, a lo largo de mi vida siempre tuve muy presente que no hay manera de determinar a priori el lado sobre el que debe untarse la mejor parte del desayuno. Sin embargo, la ley es mucho más que una inteligente síntesis de conocimientos sobre dinámica espacial de la mantequilla con mermelada. Se trata de una evidente expresión de desconfianza, una digna manifestación del carácter irremediablemente pesimista. De hecho, aquella percepción particular pronto fue elevada a una suerte de principio nomológico general por John Paul Stapp, quien formuló la ley de Murphy como: “si algo puede ir mal, irá mal”. Sin duda, esgrimir este principio a posteriori resultará más elegante que su equivalente: “¡joder!¡menuda mierda!”, y quizás tenga un efecto análogo sobre la psicología personal. Entonces, no reflejará tanto una debilidad como un tímido gesto de entereza, aquella que se exhibe al encajar los golpes con humor. Paradójicamente, estas cosas ocurren cuando se tuvo mucha menos mierda de la que a uno se le suele desear. Una variante de la ley, aparentemente más precisa, dice que si algo puede ir mal, irá mal en el momento más inoportuno; sentencia que pretende contener más información, pero ocurre con frecuencia que no reservamos buenas oportunidades para que las cosas salgan mal. En ocasiones, incluso algo irá bien o mal dependiendo del momento. Así por ejemplo, el teorema de Bell nos recuerda que cuando un cuerpo se sumerge en agua, suena el teléfono. Con todo, es la ley de Cheshire la que llega más lejos, al afirmar que las cosas siempre van de mal en peor. En palabras de Bob Dylan, “el Titanic parte al amanecer”. Esta ley, más que ninguna otra, me parece que capta el verdadero espíritu pesimista. En ella descansa la creencia generalizada de que cualquier tiempo pasado fue mejor, y el mal principio de que nada jkjpuede hacvbar binenjkk.

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