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Las matemáticas del sexo

marzo 12, 2008

Un porcentaje considerable de personas se casan con su primera pareja sexual. Por ejemplo, se ha calculado que un tercio de los norteamericanos nacidos durante la década de 1960 y principios de los 70, época hippie supuestamente de sexualidad liberada, se casaron con su primera pareja. La primera dama de aquel país, Barbara Bush, declaró públicamente que se había casado con el primer hombre que había besado, y así parecen haberlo hecho muchas más damas y caballeros. ¿Se puede justificar la irracionalidad en la elección de pareja? ¿Le habría ido mejor a la señora Bush si antes de casarse hubiera, siquiera discretamente, explorado algunas alternativas más sexy? Sin tener el gusto de conocer las aptitudes íntimas del señor asesino, permítanme aventurar mis sospechas de que, muy probablemente, la dama saldría ganando. Recientemente, una aproximación matemática rigurosa se aplicó en la búsqueda de pautas que pudieran predecir el fracaso de una relación sentimental. A partir del análisis de un elevado número de parejas, un estudio concluyó que aquellas que hablan más claro, poniendo las cartas sobre la mesa, sin temor a plantear los problemas, tienden a durar más que las que se comunican con mayor discreción. Según este estudio, las parejas cuyos integrantes manifiestan sus intereses abiertamente y despliegan con naturalidad sus personalidades individuales desde el principio, eran las más estables. Pero, arriesgándonos a estabilizar nuestra primera relación, por muy sincera que la hagamos, ¿no es mayor la probabilidad de equivocarnos? En opinión de la matemática Clio Cresswell, así es. Según sus cálculos, más o menos sofisticados, el número óptimo de relaciones que una persona ha de mantener antes de decidirse por la mejor son doce. Claro que, para entonces, la persona escogida podría no haber cumplido su cupo. El método de Benjamin Franklin es más primitivo, pero está al alcance de cualquier persona inteligente. Consiste en anotar sobre un papel las parejas en potencia, así como las posibles consecuencias de acuerdo con el carácter de cada una de ellas. A continuación, analizaba las utilidades posibles de cada consecuencia y realizaba una estimación de la probabilidad de que, de hecho, se cumpliesen. Finalmente, multiplicaba las probabilidades por las utilidades y realizaba la suma correspondiente. La mujer que alcanzaba el valor más alto sería la elegida. El psicólogo Gerd Gigerenzer afirma que un economista conocido suyo, ahora divorciado, aplicó este método. Sin duda, el estudioso del dinero no está solo en su genial empresa, pues vivimos rodeados de gente de gran inteligencia que, convenientemente guiados por la razón, van a la búsqueda de los algoritmos del amor. Gente tan brillante que motiva nuestra protección para no acabar deslumbrados, cegados por la razón.

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