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De cómo R encontró a G

marzo 17, 2008

Aunque no puede decirse que fuera un niño precoz en lo sexual, fui ávido de experiencias de una forma que se me antoja inconvenientemente rápida. Así, mi bioquímica terminó por desbocarse como un caballo asustado ante la vista de los acantilados. Hasta el momento de compartir un aula con una mujer en edad de ovular, lo que ocurrió tan tarde como el año en el que cumpliría los 18, estudié en un colegio de frailes católicos. La enseñanza de la anatomía femenina y de los asuntos relacionados con la sexualidad debieron de resultar difíciles para el Hermano responsable de la clase de Biología. Luego no extrañará que entre Hermanos y hormonas nos sintiésemos perdidos. Pero un buen día, alguien tuvo la buena idea de invitar a un ginecólogo para impartir una conferencia sobre sexualidad humana, nada menos que en el Salón Teatro. Cientos de chicos de manos hábiles y plagados de acné estuvieron allí para cerciorarse de que todo aquello que habían visto en fotos era real como la vida misma. Recuerdo la cháchara del doctor como decepcionantemente limpia y repleta de nombres horribles para cosas, a veces bellas y a veces no, pero siempre atractivas. ¿Alguna pregunta? Aunque la gente que me conoce no suele estar de acuerdo conmigo, me tengo por una persona tímida. Sin embargo, y contra todo pronóstico, de entre la muchedumbre asomó el firme brazo de R que significaba: ¿Qué es y dónde está el punto G? La respuesta que obtuve no pasará a los anales de la pedagogía contemporánea, por lo que he decidido proporcionarte otra, querido R, tantos años después. Ella descansa sobre su espalda con las piernas ligeramente flexionadas y el pecho agitado, con sus mejillas sonrosadas se la ve tan hermosa… En esta posición, el punto G se oculta en la superficie interna de la vagina, concretamente en su pared anterior, hacia las doce en punto. Dile amablemente “ven aquí”, acariciando esa zona profunda en las proximidades de la uretra y quizás quiera regalarte un orgasmo. Se llama así en honor del Dr. Gräfenberg, que lo descubrió para la ciencia tras arduas e insistentes investigaciones personales.

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