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Sous le pavés, la plague

marzo 30, 2008

Los estudiantes parisinos escribían sobre las paredes “Bajo los adoquines, la playa” durante el mayo del 68, vistiendo de esperanza los viejos edificios. Bajo la prisión gris del capitalismo vislumbraban la playa, una valiosa humanidad capaz de realizar la utopía multicolor. En el interior de un hombre ceniciento alienado por el sistema había una naturaleza generosa que reclamaba a gritos su despliegue. La afirmación de los valores humanos suponía la existencia de una naturaleza humana esencialmente buena, pero que había sido corrompida por un sistema controlador. La libertad individual es tan importante…., pero en su afirmación causamos un grave desequilibrio al perder de vista nuestra interdependencia, la solidaridad, nuestra relación con la naturaleza. Extinguimos nuestra capacidad de empatía, arrinconamos nuestra sensibilidad, la imaginación, renunciamos a comunicarnos verdaderamente…. Nada de esto merecía nuestra atención, dado que nada de esto era rentable, productivo, útil. Era necesaria una revolución humanista que hiciera hincapié en nuevos valores, pero que son inherentes a nuestra condición. Valores que alberga nuestro musculoso corazón. De acuerdo con el sistema, la ciencia se apresurará a presentar un determinismo biológico que reduce nuestra naturaleza al egoísmo reproductivo de nuestros genes, lo que se ajusta como anillo al dedo a los ideales liberales sobre los que se pretendía justificar el abuso. Un rostro apenas diferente del mostrado por la piedra en la que ya habían tropezado Spencer y el darwinismo social. Pronto surgieron voces negando la existencia de una naturaleza humana. Ortega, por ejemplo, afirmaba que el hombre no tiene naturaleza, sino historia. En la misma línea, Foucault sostenía que nada de lo que somos es inamovible, debido a que todo lo que somos es resultado de la historia. Es evidente que lo que somos y lo que podemos ser está limitado por nuestro genoma, lo cual no significa que la naturaleza humana venga dada por él. No creo que todos seamos intrínsecamente “buenos” o “malos”, pero nuestro margen de actuación es inmenso. Pienso que lo que nos hace humanos no reside en esa pequeña fracción de ADN que nos diferencia del chimpancé, sino en nuestra cultura extraordinaria, que básicamente resulta de la historia. Lo que nos hace humanos es una ética particular que no se reduce a la física de las moléculas. Una vez más, de la mezcla de extremos aparentemente irreconciliables emerge algo que es original en varios sentidos. Original porque se encuentra en la raíz del desarrollo personal. Original porque es algo cualitativamente nuevo, que nos trae la libertad. Original porque sirve de modelo para la construcción de un mundo mejor.

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