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Hace un año…

abril 16, 2008

Me preguntaba hasta qué punto las diferencias anatómicas que se han observado entre el cerebro de hombres y mujeres pueden justificar diferencias en capacidades cognitivas y de comportamiento. Quise dar a conocer algunas conclusiones al respecto que llamaron mi atención, y puse como contraejemplo a la persona que mejor conozco. Ciertamente, romo, que sin duda es un pequeño pervertido, no se ajustaba al patrón esperado. Tiempo después de aquella sonrisa retomé el asunto con mayor gravedad para hacer hincapié en la falta de evidencia de una relación directa entre la variación cerebral y el comportamiento, lo que suponía otra manera de insistir en la importancia del entorno. Admito que mis prejuicios pueden llegar a obnubilar mi entendimiento de una forma parecida a la que denuncio, pues, esencialmente, todo esto me parece una variante más del tan sobado dilema entre el determinismo y la libertad. El tema siguió preocupándome y, recientemente, destaqué algunas características de la relación genotipo-fenotipo. Es de esperar que esta cuestión continúe asaltándome en el futuro vestida según la moda. En aquellos días escribí además una crítica, tan personal como pedante, de una de las películas del maestro Hitchcock que más me gustan. Por suerte, podemos disfrutar de su obra e ignorar escritos sobre ella que pretenden ser reveladores del fondo, y es que, en estos casos, pienso que arrojar luz sólo merece la pena si atraviesa el celuloide. Con todo, decidí contribuir a la diversidad de la selva virtual con la enésima pieza de vanidad. Y sigo en ello. Muy probablemente, también la vanidad se cruzó en la senda de Kammerer, el desafortunado. Como para contradecirme en lo dicho al principio, adopté un enfoque reduccionista para aproximarme al zazen. Esta postura es tan cobarde como cualquier otra que esquive la vivencia, pues sobran las palabras para referirse a lo mejor de la vida, pero en mi defensa debo presumir de los cientos de libros que contiene mi biblioteca y de mi soportable soledad. Esta prisión de letras es el único lugar en el que me siento libre, y en el ejercicio de mi libertad señalé la naturaleza contradictoria con la afirmación de lo negativo. Al igual que Heráclito y tantos otros, quizás antes y, desde luego, después de él, reconozco la fuerza de la contradicción por doquier. El fantasma en la máquina es el de Jano, después de todo, y la mecánica de sus engranajes se abre, se vuelve cuántica, y el arrastrar de cadenas incierto.

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