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El opio del pueblo

abril 20, 2008

En mi opinión, el opio del pueblo es hoy el consumismo. Con la adquisición de una multitud de objetos innecesarios el hombre trata de llenar un vacío interior que cada vez es más voraz. El déficit existencial es sublimado con la acumulación, sometiéndose a falsas necesidades que le proporcionan las ataduras con las que pretende asirse al mundo. Cree que se aleja del abismo que avanza desde el corazón, pero en realidad lo alimenta. Tales ataduras son paradójicas, pues sin sujetarlo firmemente le impiden adquirir la libertad y la fuerza necesaria para afrontar la ausencia. Aunque estoy de acuerdo con Ernesto Sábato cuando afirma que en la actualidad la televisión es el opio del pueblo, que el hombre apenas se comunica realmente, que se emboba sumergiéndose en la mediocridad a la que nos condena la caja tonta, y que de forma patética vuelca sus afectos en la pantalla del ordenador, pienso que la adquisición, casi compulsiva, de cosas como un televisor juega un papel similar, anestesiante. Tengo una amiga que oculta el horrendo cuadrado negro con un tapiz, temerosa de que absorba su sensibilidad. Ya casi no veo la televisión, pero en ocasiones atiendo a las noticias o a un evento deportivo; a veces, como el otro día, presto atención a algún reportaje ocasional. Pero encuentro la publicidad insoportable, tremendamente agresiva, así que, la mayor parte del poco tiempo que permanece encendida la hago enmudecer. Qué gran invento que el mando lleve incorporado el botón del silencio, ¡qué alivio! Lo que extingue el vacío, sin embargo, no son cosas materiales, por muy pesadas que nos parezcan. Lo que acaba con el vacío son los mismos valores que aparentemente nos han arrebatado o hemos olvidado. Un sentido del honor, de la dignidad personal, del respeto por uno mismo. Para el que adopta una ética basada en el honor, las cosas cobran el sentido que les corresponde, no son más que cosas, y las personas sólo pueden ocupar el primer lugar porque nada hay más digno de respeto. Si las personas no se comunican es porque los interlocutores se han diluido, han desaparecido, y ellos mismos no se encuentran. En la ética del honor la confianza se convierte casi en una necesidad. Es algo que se ofrece porque otra cosa sería fabricar desde el principio una miseria común. En cambio, la confianza perfila tu interior porque es transformadora. Hay quien opina que desconfiar es inteligente, yo creo que traicionar la confianza es una necedad, y ejercitarse en la desconfianza es dañino para uno mismo y para los demás. Pero la televisión entroniza la vulgaridad, y hace de la traición y la mentira el pan de cada día. Las gentes terminan admirando a unos patéticos personajes que no dejan de dar bandazos como una gallina recién decapitada. Y se olvida el honor o se percibe como un valor anacrónico de individuos ridículos que se enfrentan en un duelo. ¡Qué error más ingenuo! Y que triste resulta el maltrato al que nos sometemos una y otra vez, sin acabar de ver lo más sencillo, lo que tenemos más cerca.

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From → 06. Seísmos

3 comentarios
  1. Todo en esta sociedad tiene su parte buena y mala, todo depende del uso que nosotros le demos. La TV, como otras cosas, tiene su parte buena y su parte mala. Personalmente, le debo mi amor al cine. Gracias a la TV y a un viejo video VHS pude disfrutar de los clásicos que emitía La2 de TVE a altas horas de la madrugada, disfrutar de aquel Qué grande es el cine de Garci, lunes sí, lunes también. También le debo, que gracias a haber emitido Cosmos me pasase noches en vela disfrutando de la visión de las estrellas, preguntándome con apenas 12 años, si en otra parte del universo alguien estaría haciendo lo mismo en ese preciso instante. Gracias a haber emitido El misterio de Salem’s Lot me hice lector compulsivo de Mr. King. Estos son tres míseros ejemplos, podría citarte muchos más.
    Así que sería más justo decir que algunos se anestesian viendo la TV, más que la TV es el opio del pueblo.

  2. luciernagas permalink

    Incluso una buena televisión podría ser opio para el pueblo. Hasta donde he podido comprobar, la televisión que “disfrutamos” en los últimos tiempos me parece una basura. Es cierto que hay programas interesantes, y, por ejemplo, todavía logra exhibir la nobleza del deporte sin contaminarlo excesivamente con la pesadumbre del comercio. Quiero decir, admito una función de entretenimiento además de educativa, pero incluso una buena televisión, y opino que la nuestra está muy lejos de serla, potencialmente aturde el entendimiento y dificulta la comunicación real entre personas reales. No sólo porque las gentes dejan de hacer otras cosas como leer o charlar por permanecer embobados ante la pantalla, o imitan comportamientos estúpidos que encuentran seductores por el simple hecho de que alguien les ha puesto un micrófono al alcance, sino porque sirve de sutil adoctrinamiento social. La ignorancia casi siempre es conservadora, y la mayoría de las televisiones, sino todas, funcionan como empresas privadas. Llámame paranoico, pero la telebasura coexistiendo con una sociedad decadente y acrítica resulta un matrimonio muy bien avenido, y muy conveniente a la derecha más recalcitrante.

  3. Mezclas varias asuntos. Por un lado, el medio que uno elige para embobarse no es mejor que otro, es decir, si alguien se alela/aliena me da igual que use la TV, un libro o los cuadros de Picasso.
    Otro tema es la calidad de la TV en general, y ahí estamos de acuerdo que actualmente es una mierda en casi todas sus facetas.

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