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El hombre y la masa

abril 23, 2008

Hace años tuve un profesor de Geografía al que una vez escuché decir que la mayoría de la gente que se declara comunista no tiene ni idea de lo que significa el comunismo. Entonces debí sentirme identificado con aquellas palabras, pues estimularon en mí cierta investigación. Tenía quince años y no ocultaba mi simpatía por el comunismo en un colegio de curas. Sorprendentemente, mi comunismo se nutría menos de Marx que de Jesús de Nazaret. Aunque nunca tuve un carácter belicoso, sino al contrario, sigo exhibiendo un ímpetu provocador que no siempre logro domar. Habrían de pasar varios años de agitación interior hasta que aquella persona, que zumbaba como una mosca cojonera, empezase a revelar su verdadero rostro, en vez de confundirlo en una colectividad por abstracta que fuese. Ahora pienso que aquel profesor estaba en lo cierto, y las cosas no han cambiado mucho. En palabras de Hermann Hesse, “la mayoría de los hombres no tienen credo político propio, sino el de su casta; tanto los capitalistas como los socialistas son, en su noventa y nueve por ciento, partidarios de opiniones para cuyo examen no les alcanza su inteligencia”. Comparto con este humanista la opinión de que todo hombre representa un universo único, potencialmente maravilloso, y que el primer paso hacia el totalitarismo, sea del color que sea, consiste precisamente en sustituir la conciencia personal por la colectiva. Un fenómeno que siempre me ha repelido, incluso siendo un adolescente. Pero el individuo inseguro se refugia en la masa para dejar de pensar, y renuncia a la libertad para evadir su responsabilidad y sentirse arropado por el número. De nuevo Hesse: “Muchas veces he visto cómo una sala llena de hombres, una ciudad llena de hombres, un país lleno de hombres caían en ese éxtasis y vértigo que convierten a una multitud de individuos en una sola unidad, una masa homogénea; he visto cómo todo lo individual se apaga y cómo el entusiasmo que provoca la conformidad de pareceres, la confluencia de todos los instintos en un instinto de masas, llena a cien, mil o millones de un sentimiento de superioridad, de un deseo de entrega, de un desprendimiento de la propia personalidad y de un heroísmo que en un principio se manifiesta en llamadas, gritos, escenas de confraternidad con emoción y lágrimas y finalmente acaba en guerra, locura y ríos de sangre. Mi instinto de individualista y artista me ha prevenido continuamente contra esta capacidad del hombre de embriagarse con el sufrimiento común, el orgullo común, el odio común, el honor común. Cuando en una sala, un pueblo, una ciudad o un país se hace patente este sofocante sentimiento de entusiasmo, me vuelvo frío y desconfiado; entonces me recorre un temblor y veo ya la sangre fluir, las ciudades en llamas, mientras la mayoría de mis conciudadanos, con lágrimas de entusiasmo y profunda emoción en los ojos están aún ocupados en aclamar y confraternizar”. Lo trágico es que sean inocentes.

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From → 06. Seísmos

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