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Materialismo espiritual

mayo 12, 2008

Póngase entre paréntesis la cuestión de Dios o cualquier otra respuesta, quizás demasiado humana, dirigida a disipar la certeza del final. Tal y como haría el agnóstico, supongo, pero al que podría llamársele ateo con tapujos, digo yo, pues ningún ateo puede saber que Dios no existe. Todo lo más que puede el ateo, por mucho ruido que arme, es creer que no existe y tratar luego de vivir de acuerdo con esa creencia. El hombre es víctima de un imperativo metafísico ineludible en libertad, gritar la pregunta cuya respuesta no puede ser comprendida, por lo que el ateo manifiesta en realidad una creencia, tal y como hace el creyente, la creencia de que Dios no existe. Estos días pasados los vientos han acabado con la vida de decenas de miles de personas en Myanmar, gentes que ya vivían miserablemente gracias a otro régimen dictatorial. La razón parece exclamar a los mismos cuatro vientos que el Dios que imaginamos no existe más que como una sublimación de nuestros deseos. Ojalá Dios exista, pero si así no es, no todo estaría perdido. El ateo no es necesariamente un nihilista, pues bien puede hallar el sentido en el hombre y reconocer el valor de su espíritu. ¿Espíritu? Te dirá que a la vista de este mundo no puede creer en la existencia de un Dios que nos ame, que todo lo pueda, y que al mismo tiempo no se equivoque. Pero todavía logra creer en el hombre tropezando varias veces en la misma piedra mientras sea capaz de creer en si mismo. El espíritu al que me refiero nace de una tarea personal de acuerdo con valores que se centran en el respeto a la dignidad humana. El espíritu representa así el resultado más noble de nuestra evolución cultural. Nace con la realización sincera de la propia singularidad. Me desagradan esas actitudes posmodernistas que basándose en la diversidad cultural declaran la verdad relativa. ¿Por qué ha de ser la cultura entendida como una prisión? Muy al contrario, la siento como el espacio en el que la libertad es posible. La materia podría subyacer en el espíritu y, sin embargo, éste permanecer libre y no reducirse a aquella aprisionada en sus mecanismos. La física y la química son parte de mí y tan determinadas como en los confines del Universo, pero lo que soy no se reduce a ellas. En mi soledad nada observo tan evidente. Fabrican la ciudad de bajos fondos y cimientos de piedra y otras sustancias, interpretan una melodía de cuerdas subatómicas, expresan un programa concupiscente, una infinidad de sinapsis entretejidas… Lo mismo que tú y el otro, y tristemente piensan que hacer algo al respecto es disfrazarse. Sin embargo, no es de lo que estoy hecho lo que soy. La ciudad mira al cielo, y la luz cayendo sobre los más altos edificios me revela mi rostro verdadero. Como las nubes no son H2O en estado gaseoso o la misma cosa que una vez arañó las rojas laderas de Marte, sino bellas formas en movimiento, irrepetibles.

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