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Utopía jazz

mayo 14, 2008

Si no recuerdo mal, hace años leí en una biografía de Alexander von Humboldt que el explorador detestaba la música. Aquello me extrañó sobremanera, pues nunca pensé que hubiera alguien realmente capaz de odiarla en general, al menos sin ser víctima de raros condicionamientos de tipo psicológico. Por ejemplo, siempre me incomodó escuchar a mi madre cantar, ya que sentía que cantaba cuando no era feliz. Por otro lado, no canta como los ángeles, precisamente. A decir verdad, ustedes también se sentirían incómodos si la escuchasen. En lugar de oído, puede decirse que heredé de esta extraordinaria mujer su oreja musical. Mi habilidad matemática, que es más bien deprimente, resulta fantástica cuando se la compara con mi capacidad para reproducir una melodía. Sin embargo, aprecio la belleza en la música y llega a transformar mi interior como la creación artística más delicada. Aquella ineptitud unida a tanta posibilidad emotiva contribuyen a explicar mi particular admiración por el músico. En relación con esto, permítanme evocar aquí una travesura que me atormenta desde que tengo memoria. Se trata de la imagen del cuerpo desnudo de la mujer confundiéndose con el sinuoso violonchelo mientras interpreta a Vivaldi. ¡Qué puede haber tan admirable! De entre todos los géneros además del femenino tengo debilidad por el jazz, quizás porque la rigidez matemática se sacrifica en favor de la libertad creativa como en ningún otro. Como es sabido, la improvisación es fundamental en la composición de jazz, pero si resulta hermosa es porque cada integrante de la orquesta se expresa de acuerdo con la sensibilidad de los demás. Terry Eagleton hizo uso de esta metáfora para referirse a una aspiración utópica, un tipo de comunidad que ofrezca sentido a la vida de los participantes de manera recíproca. Como en el jazz, pienso que la expresión de la propia belleza logra ser plena cuando tiene lugar en relación con la de los demás, pues es en el encuentro, en la amistad, donde alcanza a realizarse. Es esa parte de uno mismo que realizan los demás lo que constituye el amor. Lo que significa la expresión de la belleza es la realización de la persona en armonía con la verdad, por inagotable que resulte. El término persona proviene del griego prosopon, que quiere decir máscara, pero la belleza está detrás de las máscaras. La belleza está en tu soledad, cuando nadie te mira. Se halla en tu frágil desnudez, con o sin violonchelo, y es que, en cierto modo, observar tu rostro, descubrir tu nombre, hoy está más cerca de deshacer que de construir. Jankélévitch se refiere al pecado de prosopolepsia como el error de priorizar cualquiera de las máscaras humanas, o todas ellas en su conjunto, en lugar de reconocer lo verdaderamente humano. Con la expresión sincera de la propia singularidad entiendo el rescatar del olvido al niño que una vez se fue, para luego permitirle madurar al margen de artificios e hipocresías, sin otro alimento que lo que resulta específicamente humano. Poner en el centro de su vida valores que antepongan la dignidad humana sobre cualquier otra cosa. Se da la paradoja de que compartir estos mismos valores, una misma partitura, constituye el mejor antídoto contra la masificación, la clonación, la replicación, la borreguización…

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