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Vive como quieras

mayo 27, 2008

La película de Frank Capra tiene momentos espléndidos y un final algo estúpido. Ciertamente, no puede decirse que sea un gran admirador de este director. Lo encuentro blando, ingenuo, sensiblero y empalagoso, y exhibe un americanismo que alcanza cotas que me resultan desagradables. Comparto, sin embargo, su preocupación por los valores, como su ataque al materialismo, básicamente entendido como el culto al dinero, aunque no siempre me parezca convincente. Crítica semejante está presente en varias de sus obras, en algunas de ellas, como la aquí reseñada o en “El secreto de vivir”, de manera explícita. Pero sobre todo, admiro la afirmación que en “Vive como quieras” hace de la libertad individual, en detrimento del “pensamiento” colectivo. La percibo como una defensa de la espontaneidad, de la creatividad y de la peculiaridad individual. En una escena memorable, el abuelo expresa su desconcierto ante la marea de –ismos que nos inunda. Señala cómo las gentes habiendo perdido su valor o su identidad rápidamente se buscan uno disponible. Cuando se renuncia a ser uno mismo, no hay como un –ismo, aunque pueda haber comunismo. Creo que fue Thoreau quien dijo una vez que si nos observamos a nosotros mismos sistemáticamente haciendo lo mismo que los demás, entonces habrá llegado el momento de detenerse a pensar. Recientemente, en una comida entre compañeros, una mujer expresó su convencimiento de que yo exageraba mi excentricidad con la intención de llamar la atención. La escena resultó tan ausente de educación como se pueda imaginar, si bien fui consciente de que el movimiento no era malintencionado. Dejando al margen la cuestión de la vanidad, me temo que nadie está libre de ella, el ataque fue en realidad a lo diferente, a lo que no estamos dispuestos a comprender porque nos enfrenta íntimamente con nosotros mismos. Si bajo el microscopio pusiésemos a todo individuo observaríamos que no hay nadie normal, que la normalidad es una abstracción o una imposición, que lo concreto es diferente en la medida en que sea honesto. No hay raritos, querida mía, sino personas que no temen expresarse tal y como son, y personas que viven bajo la omnipresente mirada del Gran Hermano. Es decir, siendo tal y cómo los otros han decidido que debes ser. Por supuesto, es esta una manera de ser irreal, pues las gentes se comportan como autómatas, esclavas, exhibiendo emociones y comportamientos ajenos, acordes con algún rol socialmente aceptable. La verdadera diversidad constituye para ellas una amenaza. Lo dramático del asunto es que tal alienación es tan sutil que de ella se suele permanecer inconsciente, pero es profundamente nociva, ya que se pierde de vista el ser, quien sabe si para siempre. La renuncia a la libertad suele reflejar una huída del ser porque en realidad es frágil y desvalido. Se sacrifica la libertad a cambio de la aparente firmeza que ofrece la multitud, el –ismo, o el personaje. Entregamos nuestro nombre a cambio de un número. En lugar de atesorar y cultivar nuestro espíritu, un extracto puro y original, lo vertemos afuera, como el agua sucia (de hecho, el asunto no me parece desligado de la autoestima), y lo sustituimos con objetos e ideología. Pues bien, vive como quieras, pero antes de saber cómo quieres vivir debes saber que eres tú quien lo quiere. (****)

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