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Hace un año…

junio 3, 2008

Retrataba la maldad de un hombre y de las naciones. La falacia maltusiana me recuerda ahora a una película de los 70 protagonizada por Charlton Heston en la que el gran problema de la humanidad era de carácter demográfico. Los alimentos escaseaban, los cuerpos abundaban, los alimentos. En la actualidad, el desequilibrio es claramente interesado, de ahí nuestra responsabilidad. Si la gente se muere de hambre no es porque haya demasiados a la mesa. Los alimentos se tiran o se dejan de producir, y la demanda se reduce porque sobran los hambrientos. Porque lo que importa no es el derecho o la dignidad humana, sino el bolsillo con el que comprar. Y si importa tu bolsillo es porque los cerdos no dejarán de engordar. Por supuesto, nuestros políticos y, especialmente, los poderes económicos subyugando a los pueblos, son responsables. El desequilibrio resulta evidente incluso a nivel del organismo, también desde el punto de vista físico. Nuestra salud es mucho menos frágil de lo que pretenden hacernos creer y, lo que es más importante, nuestro margen de actuación sobre ella con independencia de las drogas es mayor de lo que sospechamos. En estos tiempos donde sobrevive un mundo enfermo por la imposición de lo económico, la supuesta fragilidad de nuestro cuerpo es un mensaje interesado, y nunca hubo tantos nombres para las enfermedades. En parte por nuevos descubrimientos y en parte por nuevas invenciones. Oriente siguió un camino diferente y su reencuentro nos ofrece la posibilidad de un equilibrio sin oposición. Liberarnos del precio para ver lo precioso. Dispuestos a abrazar al mundo cueste lo que cueste. Aquel día pensaba la enfermedad desde la mirada hastiada de Paul compartiendo historia con los demás. “Yo no soy los demás”, afirmaba el maestro Dogen. ¿Cuánta razón encuentro en estas palabras no razonadas? y, sin embargo, nuestra plena singularidad sólo puede realizarse en relación con el otro. Si cada corazón humano estuviese vinculado al resto, si cada historia individual no pudiera ser contada a tus espaldas, sólo entonces cada espíritu serviría de entrada al propio en un diálogo esencial y este mundo de hambrientos se volvería insoportable.

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