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Gallitos de pelea

junio 12, 2008

Los psicólogos Richard Nisbett y Dov Cohen postulan que los estadounidenses del sur del país son más violentos que los del norte en un sentido muy especial. Parece poco razonable que ello se deba a diferencias genéticas, pues los ancestros de la mayoría de la población son europeos, los cuales a su vez constituimos una población muy mezclada. Además, las diferencias genéticas entre individuos de un mismo grupo humano son, por lo general, considerablemente mayores que la diferencia media entre grupos. Su estudio descarta igualmente que la explicación se halle en alguna característica que diferencie a los ambientes del norte y del sur, tal y como es la mayor temperatura del último. Su hipótesis se basa en razones culturales. Concretamente, en su diferente concepción del honor. De hecho, las gentes del sur recurren a la violencia con más probabilidad que el resto de los americanos, sólo en situaciones en las que tiene lugar una afrenta al honor personal. Además de manejar una ingente cantidad de datos estadísticos, los autores realizaron una serie de interesantes experimentos etológicos. En uno de ellos, un gigante del equipo de fútbol americano de la Universidad de Michigan se utiliza como cómplice para provocar a diferentes sujetos cuyo origen geográfico se averiguará después. El experimento consistió en que el gigante pasaba con paso firme y arrogante por un pasillo estrecho obligando a desviarse a todo aquel que se interponía en su camino. Esto ocurría con individuos a los que días antes se había insultado y con otros que no fueron previamente provocados. Los resultados fueron elocuentes. Los oriundos del norte, insultados y no insultados, se echaban a un lado a casi dos metros de distancia. Sin embargo, los sureños no insultados fueron más prudentes, ya que desviaban su camino a una distancia de casi tres metros, probablemente porque atribuían al hombre de las hombreras un particular sentido del honor. Pero los sureños que habían sido ofendidos días atrás se acercaban a menos de un metro del titán, poniendo en grave riesgo su integridad personal. Los niveles de dos hormonas, el cortisol, que aumenta con el estrés, y la testosterona, que se dispara como respuesta a la preparación para la violencia, fueron significativamente más elevados en los sureños insultados que en los norteños insultados. Otros experimentos similares confirmaron los resultados. Nisbett y Cohen argumentan que el desarrollo de una particular cultura del honor, basada en el cultivo de una reputación, tiene un carácter adaptativo en pueblos tradicionalmente dedicados al cuidado del ganado disperso en grandes regiones a merced de los ladrones. Más te vale mantenerte alejado de mis tierras, forastero. Y el hombre de negro con la cicatriz en el rostro respondería con la más grave intimidación, embarcándose ambos en una suerte de carrera de armamentos cultural. Pueblos que históricamente se han mostrado especialmente resistentes a doblegarse ante la ley impuesta por el Estado, reclamando su derecho a defender personalmente lo que creen suyo. En mi opinión, el honor poco tiene que ver con todo esto, pero eso no importa ahora.

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