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julio 1, 2008

Habla Erich Fromm:

Me acuerdo aquí de una historia hasídica. El estudiante encuentra al rabino en un estado de ánimo triste y le pregunta: “Maestro, ¿por qué estás tan triste? ¿estás triste porque no has llegado al máximo conocimiento y no has alcanzado las máximas virtudes? El maestro respondió: “No, no estoy triste por ello. Estoy triste porque no me he convertido totalmente en yo mismo”. La historia quiere decir que en todo ser humano… hay un óptimo de lo que puede llegar a ser y hay cosas que este ser humano no podrá ser nunca. Muchos hombres malgastan su vida en querer convertirse en lo que no pueden ser y en rechazar lo que pueden ser… Por esta razón hay que tener en primer lugar una idea clara de lo que puede y no puede llegar a ser alguien, cuáles son los propios límites y cuáles las posibilidades.

Interpreto a Sartre afirmando la libertad individual hasta negar tales límites. No estoy de acuerdo. Lo importante no es quien se quiere ser, ni si quiera quien se es, porque el ser no es estático ni puede desligarse del tiempo. Conocerse a sí mismo implica descubrirse inacabado, pero también limitado. Conocerse a sí mismo es mantenerse fiel a ese esbozo que uno mejorará con el tiempo. Pero no se puede construir sobre un andamiaje endeble, por falso. Ni pintar un rostro bello sobre un boceto ajeno. Esa verdad imperfecta, potencialidad objetiva que subyace en cada uno de nosotros, es lo que a veces denomino el nombre o el niño. Un niño que resulta de nuestra herencia biológica y cultural, y que desea crecer como un árbol que un día extenderá sus ramas, exhuberante. Y en los tiempos que corren ya no me parece evidente para casi nadie. Cegados por fuegos de artificio le traicionamos. El nombre, la estatua interior, por utilizar una expresión de François Jacob, es reducido a una mercancía que ofrecemos a los demás a cambio de aceptación. Precisamente entonces sacrificamos nuestra libertad, que sólo halla sentido en el reconocimiento de la limitación. El único camino posible para acabar con esta traición a lo que podemos ser, que es lo que somos; para recuperar el honor, es la verdad. Pero la honestidad con nosotros mismos sólo servirá de algo si es compartida, si hacemos de la sinceridad la única moneda de cambio que verdaderamente se cotice en nuestra vecindad. Esto es importante, porque una parte esencial de nosotros mismos sólo puede definirse en relación con los demás. Semejante llamada a participar de la propia realización personal es la confianza.

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