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La vida abriéndose camino

julio 9, 2008

El eminente evolucionista Stephen Jay Gould solía decir que si rebobinásemos la “cinta de la vida” para reproducirla de nuevo, la melodía resultante sería muy diferente a todo lo que conocemos. Si la vida se volviera a abrir camino desde sus orígenes, tal y como se expresaba aquel personaje encarnado por Jeff Goldblum en “Parque Jurásico” (creo que se llamaba Malcom), la diversidad biológica resultante, en caso de existir más de tres mil millones de años después, habría sido imposible de concebir. Insistía entonces en el carácter contingente de la vida. En la indeterminación asociada a la vida como proceso histórico. Incluso si se admite que la selección natural es el mecanismo evolutivo por excelencia, lo cual es discutible, y se reconoce que ciertamente se trata de un mecanismo direccional, la aleatoriedad como propiedad esencial del proceso evolutivo resulta más que patente. Así se encuentran en el camino el azar y la necesidad confundiéndose en un danzar interminable, cosa que intuye el hombre de todos los tiempos desde Demócrito a Monod. Y es precisamente en ese componente aleatorio que implica una relación dialéctica entre lo vivo y lo inerte donde reside el enorme potencial creativo que acompaña a la vida. Incluso si las condiciones iniciales del proceso fueran determinadas con precisión matemática, el resultado final, y por ende nuestra presencia en él, hubiera sido impredecible. Y es que no hay leyes que determinen el devenir histórico de la vida. De nada servirán la teoría del caos, la teoría de catástrofes, ni otros modelos deterministas. A la luz de nuestra comprensión de la dinámica evolutiva, la presencia de la especie humana está lejos de haber sido necesaria, así como la de cualquier otra especie. La contingencia alcanza incluso al nivel molecular, donde las constricciones físicas son mucho más importantes. De hecho, la principal razón en favor de la tesis que afirma que toda la vida que conocemos tuvo un único origen radica en la evidencia de una bioquímica común. Sin embargo, la contingencia de la vida es algo que muchos se resisten todavía a aceptar, quizás bajo la influencia de considerar a la física como la ciencia por antonomasia, y el lenguaje matemático como el único verdaderamente científico, o al peso que sobre muchos ejerce todavía el prejuicio metafísico de considerar al hombre el fin de la creación. En cierto modo, el centro del universo. Mas no deja de ser paradójico que fueran científicos simpatizantes con la ideología marxista, tales como Lewontin, Levins o incluso Gould, es decir, pensadores familiarizados con la creencia en la existencia de leyes de desarrollo histórico, semejantes en rigor y universalidad a las leyes físicas, creencia que fuera tan severamente criticada por Popper, los que hayan insistido más que nadie en la incertidumbre inherente a la historia de la vida.

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