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Todo saber es un no saber

julio 15, 2008

Durante un tiempo, mientras estudiaba en la Facultad de Biología, se puso de moda entre algunos de mis compañeros de clase el hablar afirmando exactamente lo contrario de lo que se quería decir. El mensaje solía ser comprensible porque la práctica sólo involucraba a un puñado de “elegidos” que nos conocíamos bastante bien. Además, casi siempre se alteraba la sintaxis de manera tan peculiar que no resultaba difícil identificar cuándo tenía lugar el juego. Supongo que los demás percibían aquello simplemente como una payasada, que algunos de mis compañeros llamaban ironía. Pero se parecía más a esos juegos en los que los interlocutores hablan al revés o con una única vocal, y es que la ironía poco tiene que ver con ese tipo de manifestaciones infantiles. No es un divertimento. No es un placer. Es un arma para utilizar en un combate. Aunque la lucha a la que me refiero compromete la vida con la menor seriedad, no se trata de un juego. Etimológicamente, significa disimular la propia ignorancia, pero no con ánimo de aparentar saber, al menos no en un primer término, sino de hacer hablar al otro para ponerlo en evidencia más tarde. Es desvelar un engaño invisible ensalzando la pregunta en lugar de la respuesta. Es fingir ignorar lo que se sabe para, en nuestra relación con los demás, descubrir lo que ignoramos o no podemos saber. En esto consistía la ironía socrática, en una especie de falsa modestia. La ironía es pues una forma de burlarse de los demás riéndose de uno mismo. Es reírse del saber de uno para prestar oídos a la ignorancia de los demás, que viene a ser la de todos. Como dice Compte-Sponville se trata de una forma de hacerse valer, aunque a propia costa. Entonces caerá el velo de los que creen saber y observarán su ignorancia reflejada en el disimulo del irónico, cuyo saber reside precisamente en ser conocedor de la propia ignorancia. Porque no hay mayor ignorancia que ignorar que se ignora, presumir de este saber es vanidad. Se trata de una vanidad sutil, como reconocía Tomás de Aquino, que se impone a la vanidad del jactancioso que cree saberlo todo. Aunque en esencia la entiendo como un instrumento, comparto con Jankélévitch la visión de la ironía como forma de vida, como actitud ante el mundo. Pero con razón señala Ferrater Mora que puede adoptar formas distintas. Así puede servir de denuncia de un mundo miserable, de negación a formar parte de él, mas ello no implica necesariamente un desprecio resignado. No es necesariamente un reír amargado. Puede significar una actitud resuelta a comprender el mundo, en cierto modo a transformarlo, cercenando con su filo brillante la cabeza de cualquier forma de dogmatismo.

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2 comentarios
  1. No pienso que haga falta llamar a ignorante a nadie puesto que da lo mismo que obtenga o no todo el conocimiento que nos ofrecen nuestros sentidos, el saber puede prolongar la vida en ciertas circunstancias, como por ejemplo, recoger cierto tipo de comida, curarse las heridas, aprender a matar animales de presa, etc… No veo nada más importante que ésto para sobrevivir, pero a la vez pierde su toda importancia si pensamos que el ser no cambia, que se mantiene en sus propias lindes y que haga lo que haga, siempre aparecerá el sufrimiento y la muerte. No creo que el conocimiento proporcione felicidad, más bien pienso que la única felicidad verdadera es la dada en la satisfacción de nuestros instintos, como aquel Leon que está apunto de clavarle los dientes a su comida de hoy.

    Un saludo

  2. luciernagas permalink

    Hola Un Desconocido, estoy de acuerdo contigo sólo en parte. Creo que discrepo en lo fundamental. La cuestión de la felicidad me parece terreno resbaladizo. Estoy de acuerdo en que el conocimiento no trae consigo necesariamente la felicidad. Es probable que incluso sea causa de sufrimiento. Pero esto no quiere decir, ni mucho menos, que la felicidad se halle en un estado de ignorancia. En mi opinión, el conocimiento abre las puertas de la libertad y, si es causa de sufrimiento, se debe a los riesgos que esta conlleva. El hombre puede ser libre en un sentido que no puede serlo cualquier otro animal. El león es esclavo de sus instintos, pero el hombre puede alcanzar cierto grado de independencia, puede trascender ese imperativo biológico, gracias a su cultura. En mi opinión, la esencia misma de su naturaleza se halla en su cultura, por eso nunca podría encontrar la felicidad en la simple satisfacción de sus instintos. Para bien o para mal, el hombre no es un león, forma parte de su naturaleza más íntima el verse irremediablemente llamado a interrogarse sobre su existencia y enfrentar la angustia del final. Y el hombre sólo puede “ser feliz” realizando su naturaleza, como cualquier otro animal. Encuentro comprensible desear ser tan libre como un león corriendo por la selva, sin otras preocupaciones que el obtener comida y aparearse (jo, qué gozada!), pero eso supondría aspirar a ser lo que no somos. Por eso, se da la paradoja de que entregarse a ese sueño de libertad, incluso libremente, implica renunciar a la misma.

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