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Hace un año…

agosto 1, 2008

Fui a un Congreso en Madrid. La última vez que había visto la ciudad fue desde el impecable interior de un carricoche para bebés, así que aproveché para pasear por sus calles y ponerme al corriente de los cambios producidos en los últimos 35 años. Escribí un texto quizás algo técnico, sobre la heredabilidad, un concepto genético difícil que se ha malinterpretado muchas veces, especialmente por quienes pretenden encontrar en los genes la explicación fundamental a lo que somos. Pero si existe una naturaleza humana, esta reside, pienso yo, en nuestra cultura, la cual no puede reducirse al genoma de la especie. En realidad, intuyo que cada persona es un pequeño universo cuyo rostro se va dibujando en el tiempo en la medida en que se afronte la vida con coraje. Es decir, honestamente. En este sentido, interpretaba de manera muy particular una obra de Magritte relacionándola con la enorme riqueza interior que contiene cada individuo. Lástima que a lo largo de la vida renunciemos a esos tesoros, que, como decía Carl Jung, nazcamos originales para morir siendo copias. Me refería más tarde a algunos consejos ecologistas propuestos por el Grupo de trabajo a favor de la Tierra. Miguel Delibes diría que la relación de la humanidad con la Tierra se parece a la del pájaro que se caga en su propio nido. Supone cometer un perjuicio contra los demás y al mismo tiempo salir perjudicado, ¿puede haber algo más estúpido? Sin embargo, la curiosa historia del gato loco podría no ser una estupidez, sino un pequeño misterio. Desde luego, no me lo parece el reconocer la importancia de la experiencia subjetiva y al mismo tiempo los problemas que conlleva su transmisión. En el momento en que la propia experiencia se pretenda interpersonal se desvirtúa. Golpe que sólo encaja razonablemente bien lo razonable. Pero hay cosas que se viven y se resisten a ser etiquetadas, atomizadas, reducidas a conceptos, esclavizadas por la lógica del discurso. El sufrimiento tal vez sea una de ellas, pero probablemente las mejores cosas de la vida también. En relación con esto, recuerdo otra vez a Jung: “vivir una vida que no se vive es una enfermedad de la que se puede morir”.

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