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Por la boca muere el pez

agosto 4, 2008

Está claro que quien tiene boca se equivoca y que en boca cerrada no entran moscas. Que una cosa es no tener nada que decir y otra demostrarlo diciendo cualquier cosa. En realidad, poco importa lo que sale por la boca, de ahí que importe mantenerla cerrada. No importa tanto lo que se dice como lo que se hace. Así por ejemplo, no puedo dejar de simpatizar con los amantes cuando se dicen “no me quieras tanto y quiéreme mejor” porque casi siempre sobran las palabras y son los hechos los que terminan por decirlo todo. En palabras de un político inglés, la mejor elocuencia es que se hagan cosas. En cierto modo, somos lo que hacemos. Y haremos de acuerdo con la valoración que hagamos de nosotros mismos. Hellboy me recordaba anoche algo parecido: que lo que hace de nosotros lo que somos no son nuestros orígenes, sino nuestras decisiones. Que lo relevante no es cómo comienza todo, sino cómo se decide acabarlo. Si, por ejemplo, pongo mi voluntad en no mentir no lo hago en primer lugar por los demás, tampoco porque considere que es lo más útil o piense que a la larga me reportaría un mayor beneficio, sino porque valoro la verdad en sí misma y la acepto como parte de mí. Según esto, no mentir es una elección personal coherente con una determinada concepción del honor. Pero estas pocas líneas no son sobre la mentira o la verdad, ni tampoco sobre si la naturaleza humana reside en nuestro genoma (nuestros orígenes) o en nuestra cultura (nuestras decisiones). No se refieren a ese falso dilema que ya agitara el alma de Shakespeare (“nature” versus “nurture”). En realidad, estas palabras son sobre lo no hablado cuando sirve para cuidar el pescado. Así, no mentir no significa exactamente decir la verdad, pues quien calla tampoco miente y a menudo se cuida tanto a sí mismo como a los demás. Callar es con frecuencia inteligente y generoso casi siempre. Pero callar constituye un arte, tal y como reconoció Dinouart, el abate, mucho más difícil de aprender que de hablar. Hemingway observó que se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar, y Lope de Vega echó en falta cátedras universitarias en las que se enseñase el saber callar. No obstante, saber callar es necesario para saber hablar porque cualquier conversación resulta verdaderamente fecunda sólo en los silencios oportunos. Únicamente en el silencio es donde el pensamiento logra rebelarse frente a la vanidad. Así, Thomas Carlyle opinaba del hablar como el arte de interrumpir el pensamiento y con razón Maurois decía que lo más difícil en una discusión no es defender nuestro punto de vista sino descubrir cuál es. Para hacer este descubrimiento necesitamos escuchar, pensar y confiar en que nuestro interlocutor hará lo propio. Sin embargo, no puedo dejar de mostrarme de acuerdo con el genio irlandés en que mucha gente que ha aprendido a no hablar con la boca llena ignora cómo dejar de hacerlo con la cabeza vacía. Mas hallo cierto consuelo en pensar que todo irá bien para ellos y para los demás mientras no pasen a la acción. Mientras no dejen de ser peces agonizantes en lugar de hombres estúpidos.

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One Comment
  1. AleX permalink

    Muy cierto… 🙂

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