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Genes fuera de la ley

septiembre 2, 2008

En alguna ocasión me he referido a una cierta visión de la evolución centrada en el gen, al encontrar pertinentes muchas de las reticencias esgrimidas por Lewontin y Sober, principalmente. Semejante genocentrismo hunde sus raíces en los trabajos de Morgan, y tiene profundas ramificaciones en ámbitos diversos de la biología. Así por ejemplo, contribuyó al eclipse de la embriología durante buena parte del siglo XX. Pero dentro de la teoría evolutiva toma forma definitiva a partir de desarrollos pioneros de Williams y Hamilton, más tarde popularizados y discutidos por Dawkins como la idea del gen egoísta. Desde esta estimulante perspectiva, la unidad sujeta a selección natural no es el individuo, tal y como originalmente había propuesto Darwin, sino el gen. Desde el punto de vista de Darwin, un rasgo cualquiera es seleccionado en virtud de su efecto sobre el individuo, ya sea positivo o negativo. Sin embargo, la nueva visión, abanderada por autores tan influyentes como Dennett, Pinker, o el ya mencionado Dawkins, y con la que sin duda simpatizan muchos sociobiólogos y psicólogos evolutivos, incluyendo a Wilson, considera que el rasgo es seleccionado en virtud de su contribución a la propagación de los genes responsables del mismo. La diferencia es sutil, pues parece evidente que la selección de un rasgo que beneficia al individuo conllevará la propagación de los genes correspondientes, pero algunos autores como Kitcher y Sterelny, opinan que el seleccionismo génico supone una interpretación más completa de la selección natural en la medida en que pueda demostrarse la existencia de casos en los que genes particulares aumenten sus posibilidades de propagación a expensas de la eficacia biológica del individuo. Existen algunos candidatos a este tipo de “genes fuera de la ley”. Por ejemplo, hace unos años se encontró un gen en el cromosoma X de una especie de Drosophila, la mosca del vinagre, el cual reduce la producción de espermatozoides portadores del cromosoma Y. En teoría, este efecto incrementa las posibilidades de propagación del gen, pero lo hace a expensas de los intereses del individuo, pues aumenta el número de hembras y con ello disminuye sus posibilidades reproductivas. Y es que si fueses una hembra con interés en reproducirse te convendría que hubiese tantos machos como fuera posible, y viceversa. Luego, en principio, cualquier desviación de una proporción de sexos 1:1 sería perjudicial para la eficacia biológica del individuo. En este caso, los “intereses” del gen y del individuo parecen entrar en conflicto. De hecho, la especie no está extinta gracias a que otro gen compensa el efecto del “rebelde”.

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