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Confianza y palabras

septiembre 11, 2008

No hace mucho reflexionaba sobre las causas del miedo e incluso me permitía dar algún consejo, ingenuo de mí. Sigo pensando que muchas veces reside en nuestra anticipación, la imaginación inconvenientemente detallada de los escenarios que resultarían de nuestras acciones. Por supuesto, nada hay de malo en analizar a priori las implicaciones de nuestra conducta con el fin de hacer lo mejor posible, esto es algo responsable, pero creer que semejante análisis te permitirá controlar la situación se me antoja una solemne ingenuidad. Así pues, insisto en que el remedio para el miedo no puede ser otro que la confianza. Es precisamente la confianza lo que otorga un valor adicional a todo lo que estás dispuesto a ofrecer en una relación de pareja, por ejemplo. En este sentido, puede decirse que el amor es gratuito. Y, sin embargo, un observador vulgar no tardaría en añadir que precisamente por eso el amor es ciego. Estoy convencido de que no es así. Estoy convencido de que el amor es clarividente. Ciertamente, la ceguera se produce en los amantes cuando se enamoran de una idea de la persona amada o cuando se enamoran del amor, en una suerte de romanticismo alienante. Pero cuando el amor es sincero y se entrega a la persona porque es ella misma, porque es tal cual es, con sus virtudes y defectos, entonces sirve para ver más lejos que nadie. Paradójicamente, cuando los amantes dejan los sueños al margen y permanecen atentos y confiados el uno en el otro, se hallan en la mejor disposición para vislumbrar su propia plenitud. Pero he aquí que una de las maneras de echar a perder las cosas es tratar de dominarlas, asirlas con las férreas cadenas del lenguaje. El lenguaje tiene un efecto inmovilizante. ¿Qué hacer cuándo uno quiere saber si su pareja siente lo mismo por él? Acaso, ¿preguntar? ¿y por qué no pedir una representación en PowerPoint? Cuando tratamos de dominar racionalmente lo que debe saber nuestro corazón, detenemos esa fuerza que nos atraviesa y transforma para bien. Entonces trasladamos nuestra inseguridad a la persona que decimos amar, la cual se sentirá exigida. Y siendo su libertad esencial para el verdadero amante, ese paso atrás sin duda es causa de pesadumbre. Siento que la mejor manera de retomar el camino es aceptar humildemente la mano que te tiende, invitándote a confiar en ella una vez más. Y confiar en que sabrás cuidarla la próxima vez.

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