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Añoranzas escolares

octubre 9, 2008

Recuerdo los inviernos fríos cuando acudía a la escuela de la mano de mi padre. Ibamos cantando la tabla de multiplicar mientras cruzábamos un bosquecillo en el que esperaba ver setas gigantescas. Una vez en el colegio, mis compañeros y yo nos arremolinábamos en torno a la única estufa que había en el aula. Empleábamos algunos minutos para entrar en calor después de colgar con regocijo abrigos y bufandas en unos breves percheros clavados en la pared. Minutos sagrados a los que seguirían los dedicados a la oración matutina. Esto ocurría hace casi treinta años en Santiago de Compostela, que no era ningún pueblucho de las montañas de Lugo, sino la más grande de las aldeas. La sospechosa clase de Ética vendría años más tarde, pero casi nadie en el lugar osaba desafiar a la poderosa Religión. Ni siquiera quise sustituirla cuando tuve la oportunidad, pues eran tiempos en los que todo lo relacionado con la figura de Jesús de Nazaret me fascinaba y estaba obsesionado con la posible existencia de Dios. Sin embargo, eché de menos cosas como una verdadera clase de Ética, no como una alternativa, sino como un complemento; también una Educación para la ciudadanía, que afortunadamente ha terminado por llegar. Cosas como una educación sexual, que dicen ahora que es una de esas disciplinas transversales; y una clase de pensamiento crítico, poniendo en evidencia falacias y paparruchas, quizás mediante el uso de la publicidad y los programas de televisión. Eché de menos los periódicos en las clases, y el cine como otra herramienta potencialmente utilísima en la didáctica de la Filosofía, la Historia, incluso la ciencia, y, en general, de todo aquello que ha sido verdaderamente importante para los hombres y mujeres de todas las épocas. Eché de menos los debates, los diálogos a la sombra de los árboles, las clases fuera del aula en los días sin frío. Pero una de las cosas que más me sorprenden de la enseñanza básica de este país es la todavía casi completa ausencia de contenidos referidos a la pluralidad de culturas que nos enriquecen como pueblo comprometido en un proyecto común. Me parece indignante que todos los niños de este país no tengan la oportunidad de descubrir en sus escuelas las culturas vasca, catalana, gallega… Habría querido poder aprender esos idiomas, descubrir sus músicas, sus bailes, sus mitos y costumbres. Porque mi patria no son entelequias representadas por trozos de tela mecidos por el viento o pedazos de tierra delimitados por fronteras caprichosas e invisibles, mi patria es esa infancia al calor de la estufa, y mi pueblo son esos hombres y mujeres de todas las épocas.

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From → 06. Seísmos

2 comentarios
  1. Excelente entrada.
    Me encanta ese microrrelato de ir a la escuela, me recordó mis primeros años en una ¿escuela? de lo que se llamaba parvulitos. Una señora daba las clases usando métodos, hoy en día prohibidos (pegaba con una vara y había cierto maltrato psicológico), pero que con apenas cinco años me obligó a leer con corrección y a dividir por dos cifras.
    En cuanto a Educación para la ciudadanía, creo que hace más falta que nunca, pero bajo mi punto de vista, tiene un tremendo error y es que delega esa responsabilidad en los docentes y esa debería ser una responsabilidad de los padres, que cada vez se ocupan menos de sus hijos y prefieren que los eduquen otros, mientras ellos se dedican a ganar dinero para mantener dos casas, dos coches, un par de amantes y unas buenas vacaciones, joder que trabajan mucho y se las merecen.
    En cuanto a lo de las culturas, aún estás a tiempo, en mi discoteca de CDs tengo música de casi los cinco continentes, en muchos idiomas distintos. Lo malo es que por desgracia muchas culturas minoritarias quedan aplastadas por un capitalismo globalizador de una sola dirección y por la cultura mayoritaria del país. ¿Cuántos artistas, escritores, músicos, pensadores conoces de Cataluña, de Euskadi? Cuántos se conocen fuera de su pequeño territorio de influencia.

  2. luciernagas permalink

    Gracias. También creo que el papel de la familia es fundamental, pero no me parece incompatible con la enseñanza de principios fundamentales de convivencia en sociedad impartidos desde las escuelas. Esto no debe entenderse como adoctrinamiento en la medida en que no estén sesgados socialmente, sino centrados en el respeto a la dignidad humana. Encuentro los dos aspectos de la educación perfectamente complementarios. Por otro lado, la amenaza globalizadora a la que te refieres me reafirma en mi cosmopolitismo más que en un nacionalismo que percibo culturalmente endogámico y políticamente tan interesado como ciertas formas de imperialismo cultural. Estoy de acuerdo contigo en que ignoramos demasiado respecto a la diversidad cultural que abriga España o, para los más sensibles, el Estado Español. Esta ignorancia me parece dramática, a la vez que se me antoja relativamente fácil de superar desde las instituciones que nos hemos dado. Precisamente en esto he querido hacer hincapié.

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