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Una proposición indecente

octubre 27, 2008

Indignadas se mostraron dos de mis compañeras de trabajo con la actitud de un patético individuo tristemente protagonista de uno de esos programas de televisión, con todo acierto calificados de basura. Dijeron que un hombre respondió afirmativamente cuando le fue preguntado si estaría dispuesto a ganar mil euros a cambio de admitir que su mujer se acostase con otros hombres. Ciertamente ambas estaban indignadas, pero se enzarzaron en una breve discusión. Me pareció que una de ellas rechazaba el dilema argumentando que el hombre poco tiene que decir al respecto. Pero lo que se pretendía recompensar no era la posible infidelidad, sino una determinada actitud del marido. Luego el planteamiento es perfectamente válido para el hombre, independientemente de la resolución de la mujer. Para mi sorpresa, la otra de mis amigas parecía sostener que el problema era esencialmente de carácter cuantitativo. Es decir, observaba una diferencia moral entre el individuo que accedía por la cantidad mencionada y aquel que no lo hacía por otra cantidad más pequeña que, digamos, cien mil millones de euros. Así, afirmaba que se habría sentido más humillada por el primero que por el segundo. En mi opinión, la única diferencia entre los dos sujetos es que el segundo negocia mejor. Lo que quiero decir con esta ironía es que no se trata de una cuestión de dinero. En cierto modo, lo que se pone en juego es lo más valioso que tenemos, pero se trata de algo que no tiene precio, nuestra dignidad. Un regalo que nos damos a nosotros mismos en la búsqueda de sentido. Así pues, un hombre verdaderamente rico es aquel que, por encima de todo, protege su honor y el de los suyos, porque eso supone proteger su camino en la vida. El miserable, sin embargo, reduce su propia persona a las cosas que pueda comprar, negándose a sí mismo su mayor riqueza. Al cosificarse pone su persona a la venta y no dudará en relacionarse con los demás como si fuesen mercancías, que usará a su antojo para adquirir nuevos objetos. En el fondo, este individuo es un necio, pues vive perdido, devorado por su propia ansia y angustiado por la certidumbre de la muerte, que lo arrebata todo. Y es un estúpido también, pues en su desprecio por la persona inflige daño a los demás al tiempo que a sí mismo. Ignora que amar es compartir aquel regalo en un acto de entrega que te lo da todo.

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From → 06. Seísmos

3 comentarios
  1. Interesante. Me recuerda a esa historia (se contaba como chiste) que decía algo así como:

    Caballero: ¿Usted se acostaría conmigo por 1.000.000 €?

    Señorita: Bueno… no sé… Es mucho dinero…

    C: ¿Y por 1 céntimo de euro?

    S: ¡Pero bueno!. ¿Usted qué cree que soy?

    C: Lo que es usted ya lo sé. De lo que estamos hablando ahora es del precio.

  2. Si no recuerdo mal (que puede ser), ese es un diálogo del genial Groucho Marx.

  3. luciernagas permalink

    También yo creo haberlo escuchado en una película de los hermanos Marx. Resulta tan divertido como agudo, como era habitual en muchos de sus diálogos, sólo comparables con la mejor versión de Woody Allen. Otro Marx dijo una vez que el delito es el motor de la historia. Pienso que el mayor delito que podemos hacer con nosotros mismos es tratarnos como si fuésemos objetos. ¿Qué clase de amor ofreceremos si no sentimos el más mínimo respeto por nosotros mismos? ¿Cómo podríamos hacer que el mundo funcionase con amor? Y entonces contaminarlo todo con esta energía renovable.

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