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Libro IX. Meditación 42

diciembre 16, 2008

Tras un desagradable episodio con unas compañeras de trabajo, que desafortunadamente me afecta todavía, recordé al emperador romano Marco Aurelio y sus Meditaciones. No afirmo con ello que comparta plenamente esa fría búsqueda de la virtud frente a la inevitabilidad de prácticamente todo, que parece haberle caracterizado, así como a otros estoicos, mas observo sabiduría en sus palabras:

Cuando tropieces con la desvergüenza de alguno, pregúntate a ti mismo: “¿es que puede no haber en el mundo desvergonzados?” No puede. Por tanto, no pidas lo imposible. Ten presente esto mismo a propósito del malvado, el desleal y cualquiera que comete una falta. Pues tan pronto como recuerdes que es imposible que no exista una clase de gente así, serás más benévolo con cada uno de ellos. Es muy útil también pensar en la virtud que la naturaleza dio al hombre frente a este error. Pues le dio como antídoto frente al ingrato la indulgencia y frente a cada cual una facultad diferente. Si te es perfectamente posible cambiar con tu enseñanza al que anda extraviado, ¿por qué también te sientes dañado? Pues no encontrarás a ninguno de esos con los que te irritas que hayan hecho una cosa tal que por ella haya de hacerse peor tu inteligencia […] ¿Qué mal o cosa extraña se ha producido porque un iletrado haga lo propio de un iletrado? Mira no sea que más bien debas reprocharte a ti mismo por no haber previsto que iba errar en ese punto. Pues tú tenías también una base racional para haber pensado que es natural que fuese a errar en ese punto, y sin embargo te has olvidado, y te extrañas de que haya errado. Especialmente cuando censures a uno por desleal y desagradecido, recógete en ti. […] ¿Qué más quieres por hacer bien a un hombre? ¿No basta el hecho de haber obrado de acuerdo con tu naturaleza, sino que buscas el pago por ello? Como si el ojo reclamase una recompensa porque ve, o los pies porque caminan. Porque igual que estos están hechos para una función determinada, y si la llevan a cabo según su propia constitución obtiene lo que es suyo propio, así también el hombre que ha nacido para hacer el bien cada vez que realice alguna buena obra ha hecho aquello para lo que ha sido constituido, y tiene lo suyo.

Pero, Marco Aurelio, cada vez que ese hombre yerra se causa también daño, precisamente porque está en su naturaleza o le fue enseñado el esfuerzo de reconstrucción y el orgullo por la obra que hace de sí mismo.

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